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Nuestros inicios

Buenas, lectores del Rincón, soy @ManueIMoreno y en este artículo voy a hablar sobre un tema que llevaba tiempo con ganas de tocar: el de nuestros inicios en Magic. Seguro que muchos de vosotros os sentiréis identificados con las sensaciones que tuve al comenzar a jugar, más si lo hicisteis hace mínimo una década.

Creo que los que empezamos a girar cartones hace ya muchos años compartimos ese sentimiento de nostalgia en el que vemos ese comienzo de una manera añeja, cariñosa, y sobretodo muy, muy distinta.

Rhox

Con Rhox descubrimos el foil

En mi caso, un amigo y yo nos interesamos por este mundo ante la curiosidad de los juegos que habían probado en su adolescencia/niñez los vecinos del barrio. Ya ninguno jugaba, pero hablamos con uno que, al ver nuestro interés, decidió desempolvar sus viejas cajas llenas de cartones para iniciarnos. Nos gustó tanto que a los pocos días estábamos en una tienda de cómics listos para comprar el Starter 2000 game box, un set de inicio que contenía una caja de cartón de un tamaño algo menor al A4, con un libreto de instrucciones a todo color, una especie de poster/tapete y dos mazos –A y B – en sus versiones básicas y avanzadas.

En las instrucciones venía una partida guiada para dos jugadores, donde recuerdo que al llegar a determinado momento, te dejaba continuarla por ti mismo para que los dos oponentes se convirtieran en aprendices de mago, tomando sus propias decisiones en tanto a lo que habían aprendido en el tutorial.

Mi primera impresión fue que la cantidad de vidas que tenía cada jugador era muy pequeña (iluso de mí), pero esas ilustraciones me enamoraron. Aquí conseguí mi primer Counterspell – y ya, en mi novata mente, me preguntaba si realmente ese cartón hacía lo que yo creía, porque incluso entonces lo veía bastante roto -.

Clásicos como Terror, Desencantar, Elfos de Llanowar pasaban por nuestras manos en estas primeras partidas. Era todo diferente, se respiraba un aire distinto en estas primerizas batallas entre magos.

Es curioso el hecho de que constantemente me invadía una sensación de que me estaba perdiendo algo, algunas cartas parecían tener relación entre ellas, guardar algún tipo de sinergias que no era capaz de descubrir. Obviamente no fue hasta años después, cuando retomé el juego, que fui plenamente consciente de la riqueza de MTG.

Nos aconsejaron que usáramos fundas para evitar que los cartones sufrieran daños, y eso hicimos, comprarlas transparentes, las más baratas y que más rápidamente se ensuciarían y volverían poco a poco cada vez más opacas. Era gracioso porque a cada carta le sobraba una buena parte de funda, muy distinto a lo que hoy conocemos como las Perfect Size, pero cumplían su cometido de la mejor manera posible.

En esas primeras batallas nuestro objetivo era ver como la partida iba pasando, las tierras bajaban y finalmente casteábamos bichos grandes como Vizzerdrix, o la joya de la corona: Rhox, un 5/5 que se regenera ¿cómo matabas eso? ¡Encima brillaba y todo!

Vizzerdrix

Nuestro Emrakul particular

Nuestro amigo, el que nos inició, nos habló de la posibilidad de jugar con varios colores, pero como podéis imaginar, con meras tierras básicas no resultó una idea que cuajara demasiado bien. Sí recordamos con cariño las cartas que mejor iban en estos mazos, ya sabéis, aquellas que antes se editaban con bordes de colores dorados, poner una de ellas es mesa era… mágico.

Descubrimos que en algunas tiendas hacían torneos, pero éramos conscientes de que esto aún quedaba muy lejos de nosotros, que aún seguíamos experimentando mediante mazos extremadamente raros e ineficaces confeccionados con nosotros mismos, cuya win condiction era una Bola de Fuego comprada a un amigo por el precio que marcaba la revista Urza. Incluso esa carta tenía su aquel, con tanta roña acumulada por el tiempo y la inexistencia de un mínimo cuidado por parte de su anterior dueño, le daba un cierto toque de antigualla. Evidentemente aún no sabíamos que el valor de los cartones dependía de su estado de conservación.

Nuestra inocencia duró hasta que un conocido quiso jugar con nosotros y nos humilló vilmente. No sabíamos qué ocurría, pero lo cierto es que era imposible vencer a esa baraja. Más tarde nos enteramos de que era un mazo basado en una lista impresa en alguna revista, encontramos así la respuesta de por qué no podíamos competir con nuestras inestables combinaciones, a la vez que nos dimos de bruces con la realidad del juego: si quieres ganar, debes de gastarte dinero en ello, de poco sirve abrir sobres de vez en cuando.

Aún así, la diversión que conseguíamos en esas tardes de Magic entre unos cuantos amigos era impagable. Nos daba igual que solo estuviéramos viendo la punta del iceberg, que quizá estábamos haciendo algo mal, lo importante es que esos cartones tenían algo, un encanto especial -que a medida que uno juega, llegan nuevas expansiones y la obsesión por ganar aumenta – se ha ido perdiendo para quizá no volver nunca más.

Y vosotros ¿recordáis vuestra primera incursión en Magic: The Gathering? Si es así, os animo a que nos contéis como fue esa primera etapa.

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