Tu tienda y blog especialistas en MTG

Aviso: este relato tiene contenido que puede ser inadecuado para lectores jóvenes

Os traigo hoy la traducción del primero de los relatos semanales de Ravnica Allegiance. Al final del mismo os dejo el enlace al post original donde lo subí, en el que comento un poco lo que me pareció. Pero no me extiendo mas:

La espío a través de la ventana de su tienda de efigies y no puedo evitar que mi maldito corazón se agite. Está encorvada sobre su banco de trabajo, pintando rostros en cráneos en miniatura y luego encajándolos en cuerpos de muñecas vestidas con elaboradas prendas diseñadas por ella misma. El negro cuero mejora la vestimenta de la Diva de la flagelación, y el mimo con el que adorna las calaveras con cuernos enciende el fuego en mi interior.

Tengo que hablar con ella esta vez. Olrich, ese hijo de un diablo que a veces se atreve a llamarme amigo, dice que me despellejará en pecaditos si traigo otra efigie en lugar de su nombre a casa.

Inspiro profundamente, cruzo la calle, evitando cuidadosamente a un par de perros infernales jugando al tira y afloja con el fémur de algún pobre voluntario que quedó atrapado en las festividades de anoche. La mayor parte de los restos han sido carroñados y no sabrías que una docena de personas murieron aquí en el consiguiente baño de sangre de no ser por las profundas líneas rojas que empapan los huecos entre adoquines.

Buenos tiempos.

— ¡Pagano! —grita un viejo envuelto en una túnica azul y blanca, en la acera frente a la tienda. Echo un vistazo por encima de mi hombro para asegurarme de que no se está dirigiendo a otra persona.

— ¿Disculpe?

— ¡Demonio! ¡Ladrón de almas! ¡Padre de la fornicación! —entona, y luego me arroja un folleto sobre el nuevo Centro de Reclamación de la Integridad que hay bajando la calle—. ¡Rehabilítate! ¡Abraza el camino de la ley y el orden antes de que sea demasiado tarde!

Me han llamado peores cosas, y aunque la mayoría de ellas son ciertas, eso no significa que disfrute siendo insultado por pretenciosos oradores azorios mientras me ocupo de mis asuntos. Me asaltan recuerdos de mi vida antes de encontrar a Rakdos, antes de que canalizara mi ira en actuaciones. Cuando los huesos rotos y la carne perforada eran el medio predilecto para mi arte.

Pero entonces siento que ella me observa a través de la ventana. Olvido inmediatamente ensartar con mis cuernos a este tipo y entro en la tienda.

Finjo estar buscando algo, sujetando a las muñecas por sus cuellos. Incluso sus efigies más simples son mejores que las de la mayoría. La magia en ellas me atrae, sus ojos miran directamente a mi alma, si es que tengo una. Aflojo la presión alrededor del cuello de una muñeca y la volteo, inspeccionando las costuras mientras la miro a ella de reojo. Cojo un palo de carbón, para mantener el simulacro, como si estuviera ansioso por dibujarle la cara a mi enemigo y luego prenderle fuego.

“¡Ninguna efigie más, Kodo!” Las palabras de Olrich me vienen a la cabeza. Aquellas no eran sus palabras exactas, por supuesto. Había unos cuantos insultos y maldiciones por medio, pero ¿qué espera? ¿Qué camine hacia ella y me ponga de cháchara?

— ¿Puedo ayudarte? —pregunta, con sus ojos tan oscuros como la medianoches y la pintura roja de las fiestas de anoche aún en la mitad de su rostro.

—Yo. Um. Uhhh…

Le muestro la muñeca y el palo de carbón—. Me gustaría comprar esto.

Me quita la muñeca y el palo—. Nuh-no. Has estado viniendo cada semana durante un mes y medio. ¡La última vez que estuviste aquí compraste una resma completa de pergaminos de infortunio, y tuve que conjurar un lote entero! Ni siquiera Lyzolda tuvo tantos enemigos. ¿Qué es lo que quieres?

Preséntate. Charla un poco. Eres un demonio, Kodo. ¡Échale un par de cuernos y actúa como tal!

—Nosotros —tartamudeo—. Tú y yo. Nosotros… —habíamos coincidido en varias fiestas, deleitándonos en placeres hedonistas y actuaciones agónicas. Ella era fuerte para ser humana y no retrocedió ante los actores de dolor; los comecristales, los caminafuego, el bufón que hace malabares con cráneos en llamas…pero su tenacidad finalmente sucumbió ante el ogro que intentó arrastrar un carromato lleno de diablillos utilizando cadenas terminadas en unos garfios enganchados a sus párpados inferiores. Bueno, debió haber un diablillo de más en el carromato esa noche, y cuando los aullidos del ogro resonaron por toda la pista, su mano agarró la mía y no me dejó durante el resto de la noche. Bebimos, bailamos, besamos y reímos cuando supimos que ambos usábamos “ilusión” como nuestra palabra de seguridad—. Nosotros… —hago unos pocos gestos obscenos con la mano, intentando explicar los actos de depravación que disfrutamos, pero ella entrecierra los ojos, esperando a que diga algo.

— ¡Ah! ¡La bestia con dos lomos! —exclama.

Bajo la cabeza, pero entonces me percato de que alguien más había entrado en la tienda y captado su atención. El hedor dulzón y humeante de materia vacía me abruma, y sombras se retuercen y mutan, como si hubieran olvidado cómo comportarse. Me vuelvo para ver a una bestia del vacío; una interesante colección de brazos negroazulados surgiendo de un torso que parece el de dos personas haciéndolo. No hay cabeza que hable, pero puedo decir que me está mirando.

—No he terminado contigo —me dice antes de atender a su cliente. Carga cada uno de sus brazos con sacos de arpillera.

Reúno todo mi coraje mientras está ocupada. No tendré otra oportunidad. La última persona a la que quieres irritar es a una maga de efigies.

— ¡Dile a tu amo que espero que tenga una Ragefest depravada! —dice, despidiéndose de la bestia de dos espaldas con una sonrisa. Entonces su rostro se vuelve rígido, y se coloca frente a mí.

—Hola —digo, extendiendo una mano—. Soy Kodolaag. Nos hemos enrollado en algunas fiestas.

Me mira, y luego cruza sus brazos—. Sí. Me resultas familiar. ¿Máscara de cuero roja? ¿Piercings simétricos con bolas de maza colgando de una cadena? Un gruñido llega a su garganta—. ¿Sabes que este es el lugar donde trabajo?

— ¡Pagano! —otra vez la voz del viejo, gritando a la bestia del vacío esta vez—. ¡Plaga!

Intento desentenderme y mantenerme concentrado en por qué estoy aquí—. Sé que es terriblemente inapropiado, pero pensaba que nosotros…

— ¿Pensaste que teníamos algún tipo de vínculo que se extendía a nuestras vidas personales?

Vaya, cuando lo dices en alto suena estúpido. Sonrío e intento guardar las apariencias.

—Es decir, el Mockturne está a pocas manzanas de aquí esta noche…

— ¿Sí?

—Pensé que… ¿tal vez podría invitarte? Tengo una actuación. Una especie de comentario social y poético.

Ni en broma. Es la primera noche del Ragefest, y estoy atrasada con la talla de efigies. No es que me vaya a importar, con ese absurdo azorio ahí fuera espantando a mis clientes.

— ¿Por qué no?…ya sabes—. Señalo a una efigie y hago pequeños sonidos de explosiones mientras agito mis dedos como brasas cayendo.

—Nuevas leyes en los cielos desde la semana pasada. Los hechizos de efigies utilizados en miembros del senado azorio son castigados con prisión. Es molesto, pero no me arriesgaré a perder mi tienda por ello.

Tal vez no pueda arriesgarse a mandarlo bien lejos, pero yo no tengo nada que perder. Agarro una hoja de pergamino de ruina de la papelera junto a un palo de carbón y me dirijo a la ventana. El azorio está gritando a un par de ogros ahora. La Cumbre del Escarnio y los barrios aledaños habían caído bajo dominio rakdos desde hace tanto como puedo recordar, lo que es al menos unos pocos miles de años. Pero con el tiempo los azorios han erigido cosas con su presencia, comprando propiedades baratas, instaurando vigilancia por doquier y luego quejándose cuando las actuaciones callejeras se saltan leyes de pacotilla cada noche. Es enloquecedor ver a mi comunidad caer víctima del orden y la justicia.

Dibujo rápidamente un boceto del hombre. Mis habilidades al dibujar no son muy buenas, pero puedo sentir la magia sangrar del pergamino, atando a la ilustración y la persona con hilos invisibles. La imagen comienza a bailar en la hoja, imitando los movimientos que hace el hombre. Me acerco al cristal y él se da la vuelta. Presiono el dibujo contra la ventana. No debe saber sobre los pergaminos de ruina porque no reacciona al dibujo. Es magia débil, utilizada frecuentemente por niños para atormentar a sus hermanos, y algunas veces a sus padres cuando no se han salido con la suya. Solo un minuto o dos de agonía y quemaduras mentales antes de que los efectos se disipen completamente. Un juego de niños.

El hombre observa mientras rompo el papel por la mitad de una vez. Se agarra su cabeza con ambas manos, gritando a pleno pulmón. Cuando el desgarro ha llegado a su ombligo ya está aturdido y delirando, y se marcha corriendo.

—Ahí tienes. Problema resuelto.

No parece impresionada—. Sí, y en diez minutos tendré media docena de arrestadores azorios llamando a mi puerta. No puedo vender nada si estoy encerrada en la prisión de Udzec.

Sigo esperando a que pida que me marche para así poder salir por esa puerta y dejar esta miserable experiencia atrás, pero su postura ha cambiado. Ya no tiene los brazos cruzados ni el ceño. No me malinterpretéis, aún está molesta de cojones, pero de alguna forma parece que estamos en este lío juntos.

— ¿Cuántas muñecas necesitas vender?

—Treinta para que la semana salga rentable.

—Puedes venderlas fácilmente en el Mockturne esta noche. El propietario del club es un buen amigo mío. Estoy seguro de  que dejará que montes una tienda. Los arrestadores perderán el interés en una simple violación de la ley de efigies tan pronto como empiece la matanza del Ragefest.

— ¿En serio? —alza una escéptica ceja y luego extiende su mano—. Soy Zita. ¿Estás seguro de que a tu amigo no le importará?

Zita. Tengo su nombre, bastardo demoníaco.

Mi sonrisa se amplía—. Olrich y yo somos como familia. De ninguna forma se negará.


—No —dice Olrich, asomándose a través de las cortinas rojo sangre hacia el foso de piedra donde la muchedumbre se reunirá en pocas horas. Zita permanece cerca de la rejilla de un horno apagado con veinte sacos de arpillera llenos con lo mejor de su artesanía a sus pies—. De ninguna manera voy a dejar que me atrapen con magia de efigies. Los azorios vendrán con toda la caballería esta noche esperando atrapar a los que infrinjan la ley.

—Nunca has tenido miedo de ellos antes. El momento que tuviste con Baan hace unos meses ya es legendario.

—Las cosas ya no son lo que eran, Kodo—. Olrich, el pequeño y frenético diablo,  corretea hacia lo que se supone que es una cocina en este establecimiento.

—Te lo pido como un favor. ¡Te conseguiré una audición en Rix Maadi! —le grito. Se detiene. Se gira. El mayor sueño de Olrich es actuar en nuestro salón gremial, pero conseguir una pista allí es casi imposible si el número de tus fans no se cuenta por miles. Se lanza a mis brazos para poder mirarme directamente a los ojos. Ahora tengo su atención.

—Han pasado un par de siglos desde que actué allí, pero ahora sé mucho de la compañía de actores. ¡Puedo conseguirte pista central en las Canchas del Festival! Imagina el calor sofocante. El olor a azufre fresco en tus pulmones. Por favor…

—De acuerdo. Pero se queda en el rincón más alejado. ¡Y más te vale conseguirme audiencia con el mismísimo Rakdos!

—Rakdos y yo somos como familia…

Diez segundos más tarde le estoy dando la buena noticia a Zita.

La muchedumbre comienza a llegar poco después de que ella montara su puesto. No es el lugar ideal, pero está lo suficientemente lejos de la entrada como para no atraer a los arrestadores que pasen. Zita aún no está impresionada conmigo, pero tampoco está quemando una efigie mía. Pronto oirá mi poema, que posiblemente le afectará de una forma u otra.

Olrich hace entrar en calor a la audiencia con sus diabólicas payasadas y su imitación de Niv-Mizzet, que incluye escupir fuego a los pies de aquellos pobres lo suficientemente estúpidos para sentarse en primera fila. Lo está haciendo bien esta noche. Probablemente esté pensando sobre actuar en Rix Maadi. Muchos actores de corta duración aspiran a ello. No los culpo. En Rix Maadi las risas son más sonoras, los trucos más espectaculares, la sangre más roja, espesa y dulce. Noche tras noche cosechas tus premios, participando en todos los asuntos de la carne. Consigues seguidores insaciables divirtiéndose en tu habilidoso libertinaje, hasta que un día, Rakdos se percata de que tienes unos pocos fans más que él.

Así que mata a la mitad de los tuyos.

Y después de eso los trucos son sosos, las risas se ahogan y la sangre se enlentece. Empacas tus cosas y te marchas de la Subciudad para ganarte la vida en las calles de Rávnica recitando poesía a borrachos.

Me planto en la pista, coloco las gafas sobre mi nariz y miro hacia las notas apuntadas en mi mano. Los tambores suenan; finas pieles humanas dando altas notas que reverberan a través del foso. Leo:

Hierro. Cadenas. Sangre. Cuchillos.

Hijos. Hijas. Esposas. Maridos

La vida por el desagüe se va.

Sin placer, dolor no habrá.

Momentos robados, años perdidos.

El tiempo ha pasado, el corazón sigue herido.

Fuera de casa donde el amor anduvo,

La muerte bienvenida da con su felpudo.

Una persona aplaude tímidamente. Miro hacia arriba, esperando que sea Zita, pero no. La audiencia está enfrascada engullendo cerveza y conversando. Puedo recuperarlos, pero tengo que hacer algo arriesgado.

Aclaro mi garganta de forma repugnante para captar su atención.

—Apuesto a que sabéis de toda la vigilancia que hay estos días, brillando en el aire para luego desaparecer con un puf tan pronto como la miráis. No puedo ni ir a cagar sin preguntarme si algún desafortunado mago de visión azorio os está observando mientras empujáis la mierda. Aunque para ser justos, ¡lo que  la sopa de diablillo de Olrich hace en vuestras tripas constituye un crimen castigado con la cárcel!

—No hay nada malo en la sopa. ¡La como todos los días! —Olrich grita desde fuera de pista, pero es demasiado tarde. Consigo unas pocas risas, y el público está expectante.

— ¡Eso es porque tienes un estómago de hierro, amigo mío, y tu control de esfínteres es legendario! Señalo al demonio en primera fila, con media cuchara en su cuenco de sopa—. Sin embargo, temo que el código azorio 3435-T se vaya a quebrantar por este pobre bobo…uso de material explosivo en un espacio reducido. Y ese espacio…son sus pantalones.

Me divierto en el estridente aullido y griterío. Un ogro salta de su asiento y agarra el candelabro de hierro que cuelga de arriba. Oscila adelante y hacia atrás, realizando saltos acrobáticos, y a pesar del jacquard que usa como taparrabos negándose a cumplir su deber y de los fragmentos de cemento cayendo del techo, todos los ojos se maravillan antes sus gráciles maniobras. Al menos hasta que una de las púas de hierro incrustada en su hombro queda atrapada en el candelabro.

La carne se desgarra y el ogro cae de vuelta a su asiento con un grito de dolor. Ahoga su vergüenza con un cántaro de cerveza. Aún perdura la sangre en el aire, y si la atención de la audiencia era ardiente antes, ahora flamea.

—Y las escrituras en el cielo están a la orden del día. Hay tantas runas de ley sobre Nueva Prahv que el cielo sobre el salón gremial brilla más que todas las velas de la tarta de cumpleaños de Rakdos. ¡Es tan brillante que los senadores azorios sufren quemaduras mientras van al trabajo! —Levanto mi mano y cierro los ojos, como si estuviera mirando directamente al sol—. ¡Oooh! ¡Quema! Pero, ¿la piel roja ardiendo no era sexy? Ejecuto una pose impúdica y las risas estallan. También recibo un abucheo, y no puedo decir si estoy decepcionado cuando miro hacia arriba y veo que procede de Zita.

—Como todos sabéis, Udzec abrió sus puertas no hace mucho. Prisión. De seguridad. Máxima—. Los abucheos se recrudecen—. Lo sé, lo sé. ¿Cuántos de vosotros conoce a alguien en Udzec?—. Casi toda la audiencia levanta la mano—. He escuchado que está saturada. Cincuenta mil prisioneros en ese monolito. De hecho, solo hay una cosa más llena que Udzec; ¡el ego de Dovin Baan! —me sujeto unas solapas imaginarias y camino como si me estuvieran atizando con fuego en el trasero, señalando a personas al azar entre el público, y con mi mejor imitación nasal del habla del maestro de gremio digo:

— ¡Tú a una celda y tú a una celda, y tú conseguiste una celda! ¡Prisiones para todos! —el público estalla—. ¿Os reís de mí, ciudadanos? ¡Nadie ríe en presencia de Dovin Baan!

Entonces todo el lugar queda tan silencioso como una cripta. Echo un vistazo y veo a un arrestador azorio en la entrada. Aclaro mi garganta de nuevo y cambio de tema, centrándome en los gruul esta vez. Las risas son forzadas. La tensión en la sala se puede palpar. Aun así termino mi actuación; veintitrés minutos de pura tortura. La mitad del público se marcha, e incluso Zita parece querer hacerlo. Tan pronto la última broma sale de mi lengua bífida regreso entre bastidores para pensar con claridad. Los azorios nunca suelen estremecerme tanto esta vez. Hace cien años habríamos avergonzado a ese soldado en la avenida. Pero algo ha cambiado estos últimos meses. Estoy en el límite, preocupándome por ser arrestado al usar algo tan inocente como un pergamino de ruina.

—He visto peores actuaciones —dice Olrich, saltando hacia mi hombro para consolarme. Siempre ha sido un gran mentiroso, y lo aprecio ahora más que nunca.


Ayudo a Zita a cargar sus bolsas de vuelta a la tienda. Debería ser seguro con el Ragefest en plena vigencia. Los Maestros de Ceremonias bailan sobre sus carrozas, arrojando collares de vértebras a la muchedumbre. Los organistas ejecutan horribles y ruidosas melodías que vagamente pueden considerarse música. El sonido llega lejos, bajando por las calles, y silencia a las campanas que suenan en la distancia; tañendo por cada alma que Rakdos ha reclamado este año. Lo ignoro todo. No estoy de humor para celebrar.

— ¿Soy yo, o estamos llevando más efigies de las que trajimos? —pregunto a Zita.

—Vendí doce, pero cuando ese arrestador llegó todo el mundo pidió devoluciones. También empecé a hacer una durante tu actuación. Tenía que pasar el tiempo de alguna forma.

—Ouch—. Y así termina. Nunca la veré de nuevo. Al menos sin nuestras máscaras. Tres manzanas más y desaparecerá de mi vida para siempre.

—Eh, mira eso —dice Zita, señalando a un grafiti junto a una tienda de cuero: Dovin Bann apesta a huevos podridos de draco—. Ha escrito mal “Baan”. El tipo puede que sea un traidor y un trepa, pero si vas a difamar a alguien, hazlo con propiedad—. La magia aún está fresca y Zita convierte la primera n en una a pasable–. ¿Mejor?

—Supongo —digo mientras pateo grava con mis pezuñas. Continuamos nuestro camino, pero un desfile de vicio nos captura. Carrozas meticulosamente decoradas maniobran por la calle, llevando gigantescos demonios que ridiculizan mi propio tamaño. Los bufones se desplazan sobre ruedas de dolor hechas con hierro forjado y jaulas de tortura, descuidados e ignorantes ante la promesa de la muerte por un simple paso en falso.

Cometo el error de quedarme demasiado tiempo y uno de los bufones me atrapa con su deseosa mirada, y siento la necesidad de prestarme voluntario. Salto hacia la plataforma y camino hacia las torcidas escaleras de la jaula de tortura que casi parecen una ilusión óptica. Las púas aguardan si caigo, probablemente embadurnadas con veneno, ya que grandes gritos traen grandes ánimos, y en el Ragefest no hay tiempo para la moderación. Pero no soy un voluntario ordinario. He vivido rodeado de jaulas de tortura durante siglos. Ejecuto un doble salto, agarrando una barra, luego la siguiente, oscilando una y otra vez cada vez más alto. La estructura del esqueleto de hierro se vuelve más precaria cuanto más alto subo. Las soldaduras están mal hechas y el metal es más endeble, pero pongo toda mi mente y concentración en el show. Para el final, me mantengo con una sola mano en lo alto del pozo de fuego y luego vuelvo hacia la audiencia para animarlos a todos.

Diez segundos de oler mi propia carne cocinándose me ha puesto de humor para un picoteo festivo. Voy hacia un vendedor ambulante y pido horror ahumado en miel para compartir; carne tierna desprendiéndose del hueso.

—Deberías tener una actuación como esa —dice Zita mientras se apoya en mí, chupándose los dedos de salsa roja picante. La barrera que se había levantado entre nosotros ha desaparecido de repente. Mejor que desaparecido. Como si nunca hubiera existido—. Eres increíble.

—Tuve una actuación como esa…hace tiempo.

Me mira, y yo estoy listo para abrir mi corazón, pero el sonido de pisadas golpea el pavimento tras nosotros. Nos giramos y vemos a un soldado azorio dirigiéndose a nosotros.

— ¡Alto! —ordena—. Se le arresta por violación del código azorio 3691-J…

Arrojo los sacos de muñecas y coloco mis manos en la espalda, esperando a la magia que atará mis muñecas. Estúpido pergamino de ruina. ¡Apenas es magia de efigies!

—…desfigurando un edificio público —continua—. Además del código azorio 6342-P, calumniar a un maestro de gremio —dice el arrestador, atando a Zita con suficiente magia como para detener a un gigante.

— ¡No ha desfigurado ningún edificio! —digo, relajando mis manos–. Bueno, había un grafiti, pero ella no lo escribió. Solo corrigió un error de ortografía.

Zita me mira.

—Tu testimonio como testigo corroborando su culpabilidad ha sido registrado, ciudadano —entona el arrestador.

Doy un respingo—. ¡Pero…¡—. Y así, Zita se fue de mi vida. Esta vez para siempre.


Todo el mundo sabe que Udzec es inexpugnable desde el exterior, pero Olrich perjura conocer a alguien que trabaja dentro…o al menos que solía trabajar dentro. Tal y como están las cosas, su caída dentro de los azorios ha debido ser una cuesta empinada. Cerca de los muelles, su choza es indistinguible de las chabolas que la rodean. Un espeso incienso nos espera, manteniendo lo peor del hedor en la bahía.

No me vengas con historias* reza el cartel, una desgastada plancha de madera que cuelga de un lado.

—¿Estás seguro de esto? —pregunta Olrich por vigésima vez—. Porque una vez crucemos este umbral, no habrá vuelta atrás.

—¡No puedo dejar que Zita se pudra en prisión! Sé que es ridículo, pero siento que somos almas gemelas.

—Tú no tienes alma, Kodo —Olrich se eriza—. Pero si tanto significa para ti, hagámoslo.

—¡Olrich! —contesta una mujer, abriendo su puerta un segundo antes de que llamemos. Está arrugada, no como una anciana, sino como si se hubiera puesto la piel que tuviera más a mano sin pararse a pensar cómo le quedaba. Se agacha y abraza al diablo, un abrazo que se prolonga lo suficiente para preguntarme sobre el pasado que ambos compartieron.

—Me alegro de verte, Lucinka. Este es…

—Kodolaag —dice, extendiendo su mano y agitando la mía vigorosamente—. Es maravilloso conocerte por fin. En carne y hueso.

Nos conduce hacia el interior. Hay dos sillas para invitados, una con un elevador para que Olrich pueda estar a nuestro nivel. Una caja brillante y envuelta se encuentra en mitad de la mesa—. ¿Le dijiste a ella que vendríamos? —susurré a Olrich. Este agitó su cabeza.

—¿Cómo has estado? —pregunta Olrich—. Parece que has mejorado el lugar un poco

—Ocupada. La piratería simic está a la orden del día. Uno de cada tres botes que salen de aquí no vuelve a la orilla. He mejorado las probabilidades un poco, haciendo saber a los capitanes cuál es el mejor momento para zarpar. No pagan mucho, pero mi consciencia está tan clara como una bola de cristal estos días—. Sonríe educadamente.

—Me gustaría preguntaros cómo habéis estado, pero… —se toca su frente justo entre sus cejas y luego nos escancia un vaso de whisky Base Sur y coloca un cubito de hielo en el mío antes de que pueda pedir uno.

—Eres una maga precognitiva —digo mientras toma un sorbo, para que así no tenga tiempo a adelantarme. Una sonrisa irónica cruza sus labios.

—Discúlpame. Es un hábito terrible. Necesito recordar que las personas disfrutan teniendo preguntas en sus cabezas antes de que las responda. Pero soy mucho mejor de lo que solía ser. El Senado nunca nos incitó a considerar las ramificaciones de nuestra visión. Sus corazones están en el lugar correcto, pero su pasión por la justicia puede ser, bueno…un poco ambiciosa, atada a una ley escrita en lugar de a su espíritu. Y para responder a tus siguientes preguntas, Sí. Sí. Treinta y siete años. No podría soportar expulsar a una persona que todavía no ha cometido un crimen. Y estrictamente platónico. Sé que no ibas a preguntar esa en alto, pero está escrito en tu cara.

Mi mente está dando vueltas.

—Lo siento. ¿Lo hice de nuevo, ¿verdad? Ah, bien.

Olrich confía en ella, parece legal, así que deslizo mis ahorros en la mesa. No es mucho. Incluso los buenos poetas apenas consiguen una miseria, y yo estoy lejos de ser uno.

Lucinka levanta la tapa de la caja en la mesa—. Dentro tengo todo lo que necesitarás para conseguir lo que quieres. No hables. Ni siquiera intentes pensar en ello. Cuanto más espontáneo seas menos sospechas levantarás en los magos precognitivos. Visita Udzec mañana por la mañana. Ponte en fila tras la minotauro con una melena rizada y pelirroja. El resto debería serte evidente. Ambos necesitaréis estar allí para tener éxito.

Olrich abre su boca para objetar, pero Lucinka le sostiene la mirada.

—Sí, ambos. Los dos poseéis las habilidades necesarias para liberar a la inocente—.

Toma un largo trago de whisky, coloca la botella en la caja, cierra la tapa y luego me entrega la caja—. De nada. Y no abráis esto hasta que estéis en fila.


Runas giran en el exterior de Udzec, un enorme pilar cortando el cielo. Llegamos temprano, observando como visitantes la fila hacia la entrada. Tengo la caja cerca, resistiendo la urgencia de mirar en su interior. Finalmente la vemos, la minotauro con una melena rizada y pelirroja bajando por su espalda. Olrich y yo nos colocamos rápidamente tras ella.

La fila se detiene. Olrich y yo nos miramos, abrimos la caja y observamos su contenido: media botella de whisky, el vestido de un bebé con hojas otoñales en el babero, una capa envuelta a juego y un amuleto de hierro forjado con un gran ámbar con vetas negras que se mueven como sombras. Magia sangrelucha…la he visto demasiadas veces durante la última noche del Ragefest. El Maestro de Ceremonias sube a una jaula de tortura de cinco pisos y agrieta la piedra, desatando una ardiente ráfaga de magia sangrelucha en el público bajo él, provocando revueltas y caos al instante. Un plato delicioso. Al menos para aquellos que sobreviven.

—No podemos dejar que nos vean con esto aquí —digo a Olrich—. Terminaremos también en una celda.

—Lucinka no nos orientaría mal. Confío en ella. Tiene que haber algo que podamos hacer con esto.

Miro detrás nuestra, listo para huir y reagruparme, pero al menos cien personas bloquean nuestra salida. Me pongo de puntillas y veo magoanulas azorios al comienzo de la fila, inspeccionando a todos en busca de magia y contrabando. Uno de los magos, una esbelta vedalken de color azul pálido, parece que está en su tercer turno, cansada y descuidada, más preocupada por sofocar sus bostezos que por realizar inspecciones exhaustivas. Un joven elfo llevando a un infante entra, y la magoanula apenas presta atención al bebé. Un par de palmaditas. Está siendo reprendida por su compañera, que palpa de nuevo al niño, esta vez más concienzudamente. Miro hacia el vestido, luego a Olrich.

—Creo que vas a ponerte esto.

Sus ojos se encienden—. Ni de coña, no. ¡Soy trescientos años más viejo que tú, por el amor de Rakdos!

—Lo sé. Pero ya lo has dicho. Confías en Lucinka.

—Es una médium manipuladora con cara de pasa, eso es lo que es —se enrabieta, pero luego se mete en el vestidito, y una pequeña solapa hace que sus puntiagudas alas puedan desplegarse libremente.

—Estás tan mono como el día en que te manifestaste.

—Nadie va a creerse esto.

—Creo que subestimas lo pellizcables que son tus mofletes—. Lo cierto es que luce adorable, y aunque eso pueda granjearnos un escrutinio más leve, no será suficiente para que unas magoanulas dejen pasar magia sangrelucha.

—Trágate esto —le digo a Olrich, dándole el amuleto. Es grande, pero el estómago de Olrich es como una caja fuerte. Le he visto esconder una bolsa de monedas del tamaño de mi puño ahí cuando sospechó  que sus trabajadores le robaban de la caja registradora—. Pon en funcionamiento ese estómago de hierro. No hay tiempo para pensárselo.

La mirada que me lanza Olrich podría congelar todo Rix Maadi, pero obedece. Lo último que necesitamos es una buena distracción. La minotauro frente a nosotros porta una capa de lana, con la capucha hacia atrás. El lugar perfecto para esconder una botella de whisky. Con cuidado, con mucho cuidado deposito la botella dentro, esperando que sea lo suficientemente ligera para no tirar del tejido.

La minotauro se vuelve, me lanza una mirada de desagrado, pero entonces ve a Olrich en mis brazos y sus ojos se iluminan—. Oh, pero que pequeña y linda bestia. Se ve que tiene tus ojos. Es una vergüenza que alguien tan pequeño tenga que visitar un lugar como este. Ni en mil años hubiera pensado que estaría aquí, pero mi marido tuvo que meterse con los tipos equivocados. ¡Mira que le dije que si alguna vez hacía negocios con los orzhov tuviera los recibos por escrito!

— ¡Siguiente! —dice la magoanula.

La minotauro se gira, se adelanta y da su nombre y una sentida sacudida—. Jika Wothis para ver a Grimbly Wothis.

Las magas la conducen hacia adelante y hacen su trabajo de detector y anular magia. Supera esa parte, pero cuando empieza a ser cacheada, encuentran la botella.

—¿Cómo ha llegado eso ahí? ¡Eso no es mío!—. Todos los magos en nuestra fila se reúnen a su alrededor excepto la vedalken, que bosteza y nos conduce hacia adelante mientras la minotauro intenta hacer un boquete a cualquiera que se acerque a sus cuernos.

—Siento que tu pequeño haya tenido que ver eso —dice la magoanula, lanzándome un hechizo de forma despistada—. No creerías el tipo de cosas que la gente intenta meter aquí—. Hace cosquillas a Olrich en el mentón. Le lanzo una cruda mirada hasta que suelta un gorgoteo adorable—. Alcohol, armas encantadas, pociones. Por decir algunas. Pero todo lo que pasamos por alto lo pillan los magos de precognición. ¡Alguien se atreve a pensar en cómo entrar aquí con magia y lo encerramos en veinte segundos!

Sus manos acarician a Olrich en la tripita, e intento no pensar lo-que-ya-sabes que oculta ya-sabes-dónde. Si el estómago de Olrich es lo suficientemente duro para aguantar su sopa de diablillo tal vez a la magia también le cueste escapar de ahí.

Al final conseguimos entrar. Un suspiro escapa de mis labios, pero antes de que podamos dar dos pasos, otro mago se dirige a nosotros—. Vosotros dos. Esperad un minuto.

Llega hasta nosotros y pone un libro en manos de Olrich. Un libro para colorear: Rompiendo el Ciclo del Paganismo Generacional. Hay una caricatura gigante de Rakdos en la portada aplastada por un vedalken impecablemente vestido que se asemeja demasiado a Baan—. Los azorios están totalmente comprometidos por enseñar a la siguiente generación los caminos de la justicia, sin importar en qué agujero pantanoso naciera—. Procede a dar libros para colorear a todos los niños que vienen a visitar a sus padres encarcelados, y me sorprende ver los muchos que hay.

Olrich comienza a partir el libro en dos, pero se lo quito—. No. Todo sucede por una razón. Ojos atentos. Mente clara.

—Está bien. Pero juro que si alguien me pellizca las mejillas voy a arrancarle la cara de un mordisco.


He pasado tanto tiempo viviendo el momento que me cuesta reconocer el sentimiento que me atenaza las entrañas. Culpa. Remordimiento. Un abrumador sentimiento de incompetencia. Zita se sienta frente a mí en la mesa mientras una fina barrera de magia azul impide el contacto físico.

— ¿Cómo estás? —le pregunto—. ¿Te tratan bien?

Asiente—. No se está mal. La comida es decente y los guardias lo suficientemente agradables. Además, he hecho unos pocos amigos.

Doy un largo suspiro de alivio—. Me alegra oír eso. Ya escuchaste las historias de terror…condiciones inhumanas, trabajos forzados, brutalidad.

Zita sonríe, pero sus ojos permanecen distantes—. En Udzec seguro que no. Pasaré mi condena en paz, un día tras otro hasta que el futuro no sea más una ilusión.

Me pongo rígido. Ilusión. Nuestra palabra de seguridad compartida. Todo lo que pasa allí no está bien. Los guardias deben obligar a los prisioneros a hablar maravillas sobre su internamiento. Necesito sacar a Zita de allí ahora, pero si desatamos el poder de la magia sangrelucha todo este sitio caerá en segundos, con nosotros dentro.

—Juro que voy a sacarte de aquí, Zita —susurro—. Encontraré una forma.

Asiente lentamente y luego mira a Olrich—. ¿Qué pasa con esta ricura?

Olrich abre su boca para decirle de todo, pero le estampo el libro de colorear delante de él–. Toma. Mantente ocupado, hijo—. Abre el libro, mira la siguiente ilustración, la parte en pedacitos y luego se los come.

Zita echa un vistazo a su alrededor y luego se inclina sobre la barrera mágica. Aprieta los dientes mientras cargas eléctricas sacuden su cuerpo. Toca el libro de colorear, y el soldado azorio dibujado  empieza a vivir.

—¡No tocar! —dice el guardia de Zita.

Zita levanta sus manos—. Lo siento, lo siento. Solo quería sujetar a mi hijo. Lo extraño mucho.

El guardia enarca una ceja hacia lo que debe parecer una extraña familia, pero estoy seguro de que ha visto de todo en un lugar como este. Se calma, y Zita me lanza una aguda mirada. Miro a la página con la ilustración imitando la guardia detrás de ella. Un pergamino de ruina improvisado. Hago un pequeño agujero en la pantorrilla de la figura, y el guardia comienza a masajearse su pierna. Espero que los magoanulas detecten la magia y se ciernan sobre nosotros, pero esta debe ser demasiado débil para que sea registrada. Zita nos acaba de dar una forma de salir de aquí.

Empujo a Olrich y le hago mantener una conversación con Zita mientras dibujo a cada uno de los guardias y magos que supervisan la sala de visitas, uno por página, mientras docenas de visitantes se reúnen con sus seres queridos. Cuento las ilustraciones dos veces, solo para comprobar que están todos. Acto seguido arranco las páginas y las arrojo a la barrera.

Magia eléctrica quema el papel, y los guardias gimen al unísono, como si estuvieran siendo quemados vivos. Zita atraviesa como un rayo la barrera mágica, haciendo un gesto de dolor por el estremecimiento. Su ropa arde y casi se prende fuego. Se quita su uniforme de prisión y Olrich le  da la capa. Es demasiado pequeña para envolverla, pero la estudia por un momento, hace algunos cortes precisos y en unos pocos movimientos se ha hecho un corto aunque pasable vestido.

Uso las dos últimas páginas de pergamino con los centinelas que vigilan los tortuosos pasillos. Tenemos la espontaneidad de nuestro lado, y si somos rápidos, pasará un tiempo antes de que los magos precognitivos se percaten de nuestro escape.

Pisadas a la vuelta de la esquina, y deseo que Olrich no se haya comido esa hoja de papel. Pero Olrich aclara su garganta y dice:

—¡Ciudadanos! ¡Contemplad! Soy yo, vuestro estimado maestro de gremio, Protector de la Justicia, Proveedor de Protocolos! —en una imitación de Dovin Baan que me hace sentir vergüenza ajena—. Mantened los ojos cerrados y contad todo lo que mi visión e ingenio ha transformado convenientemente este gremio en la brillante baliza de rectitud que es ahora.

Las pisadas se detienen—. Oh, ¿Maestro Baan? No sabía que estuvierais…

—¡He dicho ojos cerrados y a contar! —ordena Olrich.

—Uno —comienza con voz débil—. Ha reestructurado los rangos, librando al Senado de aquellos que abusan del poder en su nombre…

Pasamos silenciosamente por la esquina junto al soldado, y pronto nos encontramos en una fila con el resto de personas que salen del edificio. Nos movemos rápido. Tenemos que hacerlo.

—¡Son ellos! —dice una voz familiar—. ¡El demonio y su diablo de hijo! ¡Dibujad un círculo a mi alrededor para comprobar que digo la verdad! Nos volvemos para ver a la minotauro de nuevo, con su nariz resollando.

—¡Yo también! —dice una vampira, evitando atentamente los rayos de luz matinal que se filtran por las ventanas—. Los vi hacerlo.

Antes de que podamos negarlo, Olrich y yo estamos atados con magia. Zita se vuelve y nos mira.

—Vete—. Ella duda, y luego se pierde entre la multitud.


Tan pronto nos dan los uniformes nos ponen a trabajar con el resto de delincuentes no violentos y ex convictos. Otro cargamento de cuarzo blanco se mueve lentamente sobre nosotros mientras tres docenas de magos llevan el bloque flotante hacia el campo de trabajo de Exner, la nueva prisión que supuestamente hace empequeñecer a Udzec. 

Ahora es apenas un esqueleto de hierro alzándose hacia las nubes. Es un proyecto ambicioso, pero con 20000 prisioneros como mano de obra gratuita va a construirse rápido y debería estar listo para su apertura la primavera siguiente.

El bloque de cuarzo golpea la tierra con un ruido seco. Me dirijo a él con mi pico, haciéndolo pedazos. Soy rápido y preciso ahora. Los dos primeros días los soldados me azotaban por romper la piedra de manera irregular y tomarme demasiado tiempo. Aquí, sin el constante escrutinio de los magoanulas es más fácil utilizar magia sin que te pillen, y hay varios chamanes en nuestro grupo que sanan la piel. He escuchado sus historias. Pequeños crímenes, identidades falsas, y en la mayoría de casos, pre-crímenes basados en los impulsos de magos precognitivos encerrados en sus torres de piedra blanca.

Olrich anda sin prisa hacia mí con nuestro almuerzo y una mano en su espalda. Me entrega un fino collar hecho con vertebras y un cordel.

—Sé que no hay mucho que celebrar…

Casi había olvidado que era el último día de Ragefest. Parece que ha pasado una eternidad desde que entré en la tienda de Zita, determinado a dejar de ser un tipo raro y empezar a ser un amigo, pero ni siquiera ha pasado una semana. Espero que esté allí fuera celebrando en las calles, con la sangre en el aire y revueltas por doquier. Esta es la estación de la decadencia y la depravación.

Miro hacia la esquelética torre de Exner. Afiladas puntas de hierro apuntan en una dirección, y estoy seguro de que podría subir allí en segundos. Mi mente ya está revuelta, y el tiempo que he tenido para orquestar este plan es escaso. Los magos precognitivos leerán mis pensamientos en poco tiempo.

—Olrich —digo, sacudiéndolo por los hombros—. ¿Recuerdas esa cosa que te tragaste? ¿Sigue aún ahí dentro?

—Sí, me está dando Fuertes retortijones, pero no he tenido oportunidad de sacarlo.

—Escúpelo.

—Pero…

—¡Ahora! ¡Rápido!

Olrich expulsa el amuleto. No a través del orificio que esperaba, pero no se le puede pedir peras al olmo. Agarro el amuleto y corro hacia la torre sin terminar. Soldados se incorporan, acosándome con látigos, y la magia surca el aire. Me alcanza, pero ignoro el dolor y escalo, imaginando ser un actor de nuevo, brincando, saltando, cayendo peligrosamente y estando siempre un paso por delante de su puntería.

Alcanzo la cima y me tomo un momento para disfrutar de la vista…miles y miles de prisioneros allí abajo, y cientos de guardias. Cuando Lucinka me vislumbró liberando a los inocentes, pensé que se refería a Zita y no a las incontables víctimas de la injusticia.

Golpeo la piedra del amuleto contra los andamios de hierro, pero nada sucede. Miro hacia arriba y veo a una docena de arcontes en el cielo radiando luz blanca. Sus bestias voladoras caen en picado a través de las nubes, ganando velocidad y acercándose cada vez más . Los magos precognitivos están sobre mí y sobre el espectáculo que intento crear, si solo pudiera liberar esta magia. Nunca he visto que fuera difícil para los Maestros de Ceremonias, pero esos amuletos no han estado en el estómago de un diablo durante varios días, infectándose en las profundidades de pura oscuridad. Pero si la piedra es más fuerte tal vez la magia también lo sea. Reúno todas mis fuerzas, flexiono músculos forzados en canteras, y golpeo la piedra de nuevo.

El amuleto se rompe y libera un enjambre de zarcillos negros, absorbiendo la luz y convirtiendo el día en noche. El amuleto vibra con un profundo y rico rojo, como el de sangre fresca, y luego la piedra se quiebra completamente, enviando una oleada de magia fundida  hacia el oscurecido cielo. Todo parece mortalmente silencioso durante un momento, y luego una explosión me hace perder el sentido. Me aferro al andamio mientras la lluvia de sangrelucha se desata abajo, cubriendo todo el campo de trabajo.

Cuando el humo se despeja, los arcontes siguen aún acercándose, pero es demasiado tarde para cualquiera el organizarse contra una revuelta de este calibre. La locura se extiende. Las herramientas se vuelven armas. La sangre se espesa en el aire, y el espíritu de la estación me embarga con la más perfecta ira. Y, con una sonrisa infantil en mi cara, me dirijo hacia la trifulca, ansioso por participar en la mayor celebración del Ragefest de la historia.


Tres sillas, una de ellas con un elevador, se encuentran junto a la mesa de Lucinka, y una caja brillante sobre ella. Zita, Olrich y yo tomamos asiento mientras Lucinka alborota los pliegues de su piel, como si hubiera un hueco por el que teme que seamos capaces de ver a través.

—¿Cuándo podré…Zita comienza a preguntar, inexperta en conversaciones con un mago precognitivo

—¿Regresar a tu casa? Nunca, me temo. Vuestras vidas tal y como las conocíais han desaparecido. Los azorios no pararán hasta que cada uno de los que escaparon durante la revuelta sea llevado ante la justicia. Admiten que son 3300, pero el número actual es mucho mayor.

Zita frunce el ceño. Sé lo mucho que su tienda significa para ella—. De acuerdo, entonces a dónde…

—¿Iremos ahora? Tendréis que forjaros nuevas vidas en la Subciudad. Vosotros tres trabajáis bien juntos. Cread una nueva compañía. Rodearos de gente en la que podáis confiar.

Olrich se anima—. ¿La Subciudad? ¿Una compañía? Puedo vernos ahora… ¡las bromas más vulgares, las acrobacias más temerarias, los trajes más extravagantes!

—Trajes —dice Zita, con un poco de ánimo en su voz—. Puedo hacer trajes.

Lucinka sonríe con complicidad—. Los necesitaréis, dado que el trabajo que haréis como compañía de actores se extenderá más allá de frívolos entretenimientos. Aunque la mayoría de personas que liberasteis eran buena gente, hay unos pocos de los que tenemos que preocuparnos. Uno en particular.

Miro a la caja en la mesa—. ¿Y lo que hay dentro nos ayudará a capturarlos?

—Ja, no. Esto es un regalo de bodas para ti y… —mira hacia los asombrados ojos de Zita—. Oh, no importa. Es solo otra pregunta que no tardaréis en formular. Soy la peor.

Zita aprieta mi rodilla bajo la mesa. La miro y sonrío. El mañana puede ser una ilusión, pero es una que estoy dispuesto a esperar.


*: “Scry me a River” en el original, juego de palabras con Scry, adivinar, y la frase “Cry me a River”, además del título de un artículo de MaRo. N. del T.

 

Link: http://magic-the-gathering.foroactivo.com/t51537-rna-story-1-las-ilusiones-de-un-juego-de-ninos

¡Nos vemos en la próxima!

Ya a la venta cartas sueltas y sellado de La Lealtad de Ravnica

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