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Vamos ahora con la siguiente historia semanal, sobre el clan Gruul…

Aviso: esta historia tiene contenido que puede ser inadecuado para jóvenes lectores.

Me agacho en la hierba marrón con los ojos fijos en mi presa. A menos de siete metros un maaka olfatea el aire, con su cola felina restallando molesta mientras explora la zona en busca de amenazas. Estoy con el viento en contra, pero mi corazón palpita tan fuerte que temo que el maaka me oiga y me haga pedazos con esas gigantescas garras negras.

Su caja torácica es visible a través de pelo quebradizo, y sus seis ojos color esmeralda han perdido el brillo. Aunque no hay tiempo para buscar una bestia más sana. La guerra ha estallado, y la tierra se agita por las distantes luchas. En el horizonte solo puedo distinguir las rojas espirales de magia de asedio; lianas de ceniza golpeando cimientos de edificios y convirtiéndolos en escombros. Es Dryzek, sin duda. Su regreso de prisión ha encendido el fuego en los corazones del clan Ghor, bueno, de la mayoría de nosotros, y esta noche Barrioescombros ampliará su territorio mientras la tierra se recupera en las fronteras de la civilización.

Habrá muchos festejos esta noche, y hay una buena oportunidad para que consiga tatuar esos triunfos bélicos al legendario guerrero. Los gigantes como Dryzek tienen una piel gruesa que dificulta sobremanera a una aguja penetrar, pero he desarrollado una técnica el doble de rápida y tres veces más dolorosa que el método tradicional, y que permite a la piel absorber más cantidad de la tinta imbuida en magia…es decir, si pudiera conseguir suficiente tinta para cubrir el enorme brazo de Dryzek.

La receta para la tinta es simple, transmitida generación tras generación, pero debo procurarme los ingredientes por mí mismo:

Cinco piezas de corteza de pino calcinada,

Yema de un huevo de hidra,

Y los excrementos más verdes y frescos de un maaka.

Vuelvo mi atención hacia el maaka, que finalmente se siente lo suficientemente cómodo para hacer sus necesidades, y tan pronto revuelve la tierra y se va, salgo rápidamente. Frunzo el ceño ante el espécimen, de un matiz marrón verdoso, pero tengo que hacerlo. Coloco mi cuenco de arcilla en la tierra y rápidamente convierto la corteza quemada en fino polvo. Rompo el huevo, girando cuidadosamente la cascara para que solo caiga la yema en el cuenco y mezclo hasta obtener una pasta homogénea. Por último añado los excrementos. Agito y agito, pero la mezcla se niega a colorearse de verde. Tiene el color más apagado que mi última remesa.

Duplico la cantidad de excrementos, y la mezcla toma por fin un poco de color. Conjuro magia de la misma tierra, y llamas rojas se alzan desde el suelo y titilan alrededor del cuenco. La tinta comienza a burbujear, y aguanto la respiración, esperando al brillo que indica que la mezcla es viable y brillará bajo el cielo cuando llegue la Ira.

El sol se oculta, las sombras se alargan a lo largo de esta extensión de naturaleza reclamada, y de repente me siento menos como el cazador y más como el cazado. En las tierras salvajes, frío y solo es el último sitio en el que un viashino como yo quiere ser atrapado, así que añado desesperadamente más excrementos a la mezcla hasta que la tinta brilla. Mis reservas en cuanto a adulterar la receta se esfuman mientras espirales amarillo-verdosas pintan la superficie. Perfecto. Pongo la tapa en el cuenco, lo envuelvo con trozos de cuero e ignoro los aullidos mientras regreso al frente.

Allí, en pleno auge de la exuberante destrucción, respiro el polvo de piedra machacada y me deleito con los huesos de la enorme arquitectura. La mayoría de artistas no se preocupan en caminar por las ruinas que tatuarán en la piel de nuestros guerreros, pero yo encuentro que esto le confiere una calidad a mi trabajo que no puede ser imitada por relatos ajenos. Me rodean trasgos espumando por la boca mientras persiguen a los civiles restantes. Los niños gruul hurgan entre los escombros en busca de algún botín; bellas y salvajes criaturas con polvo bajo sus uñas, insectos en el pelo y determinación en sus sonrisas. Y entonces lo veo: Dryzek, el legendario berserker, manipulando su Ira para apilar gigantescos fragmentos de escombros formando colmillos como tributo al Jabalí Arrasador.

Para no ser superado, Ruric y Thar apilan un tributo por sí mismo, aullando y gruñendo mientras su montón sobrepasa al de Dryzek en altura. Otros se unen a la refriega, mostrando su apoyo a nuestros líderes de clan. Pero los ogros, a pesar de su tamaño, no son rival para la figura de Dryzek, y mientras este apila otro bloque de escombros, sus partidarios hinchan su pecho y resuellan como jabalíes, menores en número, pero igual de ruidosos. Y así, la Ira se enciende. Viaja como una infección de un gruul al siguiente, se irritan, los tatuajes se inflaman, los ojos brillan. El berserker más cercano a mí se contagia con ella, y entonces pretendo atraparla, inclinando mi cabeza hacia atrás y gritando desde el fondo de mis pulmones. Golpeo piedras, rompo cristales, rechino mis dientes, rogando en secreto al Jabalí Arrasador porque un destello de Ira entre en mi corazón, pero, como siempre, permanece tan frío como las cenizas de una semana.

Al final, todo se calma y regresamos a la hoguera para disfrutar de los botines de la guerra.

—Buena batalla la de hoy —gruñe Jiri, mi hermano de camada, poniéndose en cuclillas junto a mí y mostrándome su bíceps—. Dieciocho bloques destruidos.

—Sí. Una pena que me perdiera la mayor parte —digo, colocando mi aguja en su piel y  continuando el mapa de las civilizaciones en ruinas que recorren su brazo. Seis edificios boros y doce ízzet. Los ízzet no podrían construir un camino recto ni aunque sus vidas dependieran de ello, lo que hace que mi trabajo sea más interesante. Sus laboratorios surgen en cualquier lugar, invadiendo las calles e incluso a veces otros edificios, pero ver a esas espectaculares balizas de caos caer, humeando y lanzando chispas hacia el cielo es una emoción como ninguna otra, y pongo todo mi empeño en capturar ese sentimiento en la tinta.

Golpeo la cabeza de mi aguja con un pequeño martillo, punzando la escamosa piel de Jiri. Entro en un trance, trabajando rápida y diligentemente, como un fuego desplazándose por un bosque, pero sigo distraído por el sonido de Jiri golpeando su espinosa cola contra la tierra una y otra vez. Cuando termino me doy cuenta de que el verde oliva de su piel se ha iluminado a un color más acentuado.

—¿Qué te ocurre?

—¿No lo sientes? ¿La tensión? —olfatea en dirección a Dryzek.

El gigante se apoya contra el cascarón de un edificio de piedra, con la luz de la hoguera brillando en sus ojos. Varios humanos se aproximan a él, aliviando sus heridas y masajeando sus músculos fraguados en la guerra. Su mirada se dirige hacia mí, e inmediatamente bajo los ojos en señal de sumisión.

—Creo que va a desafiar a Ruric y Thar por el liderazgo del clan —dice mi hermano.

Sacudo mi cabeza—. ¿Dryzek? Tiene casi mil años.

—Lo que significa que es sabio.

—Pero acaba de salir de Udzec. No sabe cómo ha cambiado el orden social.

—Lo que significa que ve las cosas de otra manera —dice Jiri con una voz perfectamente neutral. Demasiado neutral.

Nunca he oído a mi hermano hablar mal de Ruric y Thar, pero hay quienes no están contentos últimamente con su liderazgo. El ogro de dos cabezas es todo ira, todo el tiempo. Aplasta ahora, pregunta después, o ni eso. Algunas veces siento como si estuviéramos demasiado ocupados luchando para recordar por qué lo hacemos. Pero Dryzek lo sabe. Ha crecido aprendiendo las viejas costumbres y es más paciente y práctico en materia de guerra. Nuestra lucha no es por la destrucción desenfrenada, sino por curar a Rávnica de la enfermedad que manifiesta como construcción gratuita y corrupción institucional.

—¿Y si lo desafía por el liderazgo? —susurro—. ¿Elegirás bando?

—Apoyaré al vencedor. Y será mejor que hicieras lo mismo—. La cola de Jiri se queda inmóvil—. He visto la forma en que lo miras. Es solo un gruul como cualquier otro.

—¡Dryzek es una leyenda! ¿Recuerdas cuando éramos niños y nos reuníamos junto al fuego para oír historias sobre cómo dio un puñetazo en mitad de una plaza y derribó todos los edificios a su alrededor?

—Eso eran cuentos, Arrus. Arriesga el cuello por ese gigante y Ruric y Thar te lo cortarán—. Jiri se levanta, aunque solo llevo la mitad de su tatuaje. Me arroja una cola de colmillorak como pago.

Sé que está en lo cierto. Jiri es la razón por la que tengo este trabajo en lugar de estar muriendo de hambre en las tierras salvajes de Barrioescombros, sin clan. Al ser el más pequeño de la camada nunca he tomado parte en ninguna lucha. Mi piel es de un pálido amarillo verdoso, del color de la bilis de un maaka, y mis púas nunca aparecieron, dejándome suave desde la cabeza a la punta de mi cola. Pero me he vuelvo diestro con aguja y tinta, y mientras mis hermanos regresan de la guerra marco sus pieles con detallados mapas de los territorios que han destruido. Vivo indirectamente gracias a los campos de batalla. Tatúo sus pieles, mientras que mis propias aventuras consisten en nada más que carroñar materiales para mi tinta. El orgullo que siento por mis hermanos se refleja en mi trabajo, y pronto comenzaron a traer a sus amigos, y estos a los suyos, hasta que recibí una invitación para tatuar a los jefes de clan.

Mis ojos se fijan en la leyenda, Dryzek. Tatuar esos brazos…

Me levanto, aproximándome a él en posición subordinada y con las manos abiertas. Sus sirvientes humanos dejan lo que estuvieran haciendo y forman una barrera frente a él.

—¿Puedo ayudarte, hermano? —dice uno que sostiene un espetón de madera y un tenedor para cocinar, pero fácilmente puede convertirse en arma. Incluso dentro del clan, especialmente dentro del clan, no hay espacio para bajar la guardia.

—Soy el artista aquí. Podéis llamarme Arrus.  Ese es mi nombre. Soy el artista aquí—. Agito mi cola nerviosamente—. ¿Lo he vuelto a decir, verdad? ¿Necesitáis tinta?

—Sí…brama la leyenda con una profunda voz que puedo sentir en mi pecho. Se aproxima y aparta a sus humanos. Estos vuelven a sus tareas, el del espetón clava la punta en el cadáver fresco de un draco. Lo colocan sobre la hoguera personal de Dryzek, y con el olor de la carne cocinándose la boca se me hace agua.

—Por la forma en que todos me evitan, pensaba que no éramos bienvenidos en el clan Ghor. Parece que podría arrasar todo Rávnica y no conseguir el favor de Ruric Thar.

—Ruric y Thar. Son dos… ¿sabes qué? No importa—. Sin pensarlo dos veces toco con mis dedos el bíceps de Dryzek, como si estuviera comprobando la dureza de un melón—. ¿Dieciocho bloques?

—La piel es gruesa —dice Dryzek.

—Nunca ha sido un problema—. Desenrollo mi faja de tatuar y me pongo a trabajar. Su piel profundamente bronceada absorbe la tinta como si estuviera sedienta de ella, y soy capaz de añadir contornos y sombras, dando al tatuaje un aspecto tridimensional. El laboratorio ízzet cobra importancia mientras dibujo un patrón serpentino dentro del edificio, representando el fuego eléctrico que ha consumido el cielo durante veinte minutos.

—Aplastar el civismo —gruñe mientras lo ve. Aplastarlo hasta los cimientos—. Me golpea con su enorme puño en el esternón. Se supone que es un puñetazo amistoso, pero siento que mis costillas se han metido hacia dentro.

—¡Arrus! —sisea mi hermano—. Arrus, tienes a toda una fila aquí. Tienes bloques que entintar.

Me vuelvo para ver a mi hermano y a varios de sus compañeros tras él, tan cortantes como un muro de cuchillos. Puede que no haya sentido la tensión antes, pero la siento ahora. Nadie en el clan se atreve a estar a menos de siete metros de Dryzek.

—Pero no he terminado con…

—Está bien —dice Dryzek—. Vuelve y acaba mañana. No voy a ir a ningún sitio.

Me despacha mientras sus humanos se presentan con un gigantesco plato de draco perfectamente asado, con un melón amarillo brillante en su boca. Aclaro mi garganta, contemplando el muslo de draco como pago. Una delicadeza demasiado lejos de mi alcance, pero un viashino puede soñar.

—Qué tal esto como propina —dice Dryzek sonriendo—. La Ira no es solo lucha y destrucción. Habla a diferentes personas de diferentes formas.

Me pongo rígido. Durante toda mi vida mi corazón ha estado frío, pero aprendí a simular la Ira pronto, y nadie me ha desafiado antes. Rechino mis dientes y gruño—. ¿De qué hablas? Tengo la Ira todo el tiempo. Casi todos los días. Mucha, mucha ira.

Dryzek enarca una escéptica ceja—. Tengo ochocientos treinta y algo años, Arrus. Conozco la Ira cuando la veo, y eso no lo es. Pero te encontrará. Me tomó ciento seis años percatarme de lo que me sacaba de mis casillas.

No. Dryzek no. ¿Cómo podría ser? Pero antes de que pueda replicarle, Jiri me agarra. Pronto la tinta fluye, las bebidas se escancian y la alegría comienza a superar a la tensión. Al menos hasta que Dryzek se dirige hacia Ruric y Thar. La multitud se aparta mientras se aproxima a nuestros líderes de clan. Ya nadie bebe. La música no suena. Cesan las respiraciones. La leyenda planea desafiar por liderazgo. Justo cuando la tensión no puede ser más espesa, Dryzek baja su cabeza y se arrodilla mientras sus siervos humanos colocan el draco ante los pies de Ruric y Thar.

—Un símbolo, mi líder, como muestra de mi lealtad al clan Ghor. Que tu Ira nos guíe siempre hacia la destrucción.

Ruric y Thar parecen sorprendidos por el gesto, pero momentos después arrancan un ala del draco y la devoran hasta el hueso—. Es innegable que tu Ira ha encendido un fuego muy necesitado en el clan —dice Thar con trozos de carne en sus labios—. Y estamos honrados por tenerte para luchar junto a nosotros.

El trato se sella con un pacto de sangre, y todos los muros entre facciones se vienen abajo. Celebramos de nuevo, y suspiro aliviado por no estar atrapado en mitad de un golpe…entonces, los gritos comienzan.

Miro por encima de mi hombro y veo a Jiri con su nuevo tatuaje brillando tanto como la luna antes de que su brazo estalle en llamas. Gime, y sus hermanos intentan apagar el fuego con tierra y ropa, pero entonces el tatuaje de Dryzek también se inflama, y allí hay mucha, mucha tinta. El hedor de carne cocinándose llena el campamento mientras uno a uno, los otros guerreros a los que he tatuado hoy comienzan a arder. Tiemblo y me escabullo antes de que la culpa caiga sobre mí, pero soy agarrado por la punta de mi cola y lanzado por los aires mientras el mundo da vueltas. Ruric y Thar se acercan, e intento explicar que no es mi culpa, que algo ha pasado con la tinta, que ha perdido su color, que el maaka estaba enfermo, pero todo lo que sale de mis labios es un balbuceo sin sentido.

Espero ser aplastado, golpeado, deshecho en pedazos, pero lo que sucede es mucho, mucho peor.

—Tus servicios ya no son necesarios –gruñe Ruric, luego me arroja al suelo, y de repente, soy un sin clan.


En el corazón de Barrioescombros la naturaleza ha echado raíces en las ruinas de la civilización; árboles retorcidos a través de portales, una familia de jabalíes convirtiendo  una catedral orzhov en su madriguera. Enredaderas alzándose hacia el techo de edificios derruidos, transformando pacientemente la piedra en polvo durante un milenio o dos. Vidrieras que antaño adornaron ventanas ahora descansan en montones de fragmentos afilados. Aquí la naturaleza es sofocante. Las hojas de los árboles amarillean, las enredaderas se vuelven pardas. Incluso la tierra se siente pálida y enferma. Apenas sobreviviendo.

Como yo.

A un gruul sin clan le toma días hasta ser comida de sierpe, o eso es lo que dicen. Asustado y alerta, me escondo en las sombras, camuflándome con el entorno.  Carroño lo que puedo y observo a un par de trasgos peleando por el cadáver de una cría de colmillorak. Mientras se están agarrando por el cuello me deslizo y robo un trozo de carne.

—¡Ey! —uno de los trasgos gruñe al verme. Les toma un momento desembarazarse del abrazo del otro, pero en ese tiempo ya me he escabullido con una jugosa pierna de colmillorak y los pierdo en la hierba alta. Dejo que mi piel se oscurezca a un tono marrón para camuflarme mejor. Las hierbas me rodean, pero me doy cuenta de que están secas y quebradizas, como si les faltara agua, así como delgadas y cabizbajas, como si les faltaran nutrientes.

Aguanto la respiración, esperando que mis perseguidores desistan, y cuando todo está silencioso doy un mordisco a la pierna. La carne está agria, casi pasada, pero yo mismo había visto a los trasgos matar a la cría. Me la como de todas formas, y mi mente piensa sobre el hecho de estar fuera de mi clan, pero cuando llego al hueso quedo impresionado al ver lo maleable que es; se dobla como la rama de un árbol al viento.

Vegetación marchita, tinta en mal estado, carne rancia. Algo anda mal en Barrioescombros y solo va a ponerse peor. Alguien necesita hacer algo antes de que sea demasiado tarde. Aunque solo soy una persona. Necesito ayuda, la ayuda de mi antiguo clan, si pudiera tenerla. Sé que es un riesgo, pero reúno las pruebas y espero hasta la madrugada para regresar a su campamento.

Las festividades han tocado a su fin, salvo por algunos ogros, dos gigantes y un centauro acurrucado junto al fuego, reviviendo ebrio las conquistas del día; héroes de nuevas historias que serán contadas a las próximas generaciones. Todos los demás están dormidos, y paso de puntillas entre montones de guerreros roncando. Con todo ese pelo, cuero y cráneos es difícil adivinar dónde termina uno y empieza otro.

Veo a Jirin descansando junto a sus hermanos, con un sucio trozo de tela rodeando su bíceps. Le doy un empujón a su hombro, y un ojo rojo sangre se abre, tomándose un instante para enfocarme, entonces lenta y silenciosamente sale del montón.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dice en voz baja, bastante molesto.

—Necesito hablar con Ruric y Thar —susurro, mostrando el hueso y la vegetación marchita—. Algo ha estado absorbiendo la vida de Barrioescombros estos últimos dos meses. La hierba muere. Las criaturas enferman. Si no hacemos algo moriremos de hambre.

Jiri ríe—. ¿No te has fijado? Estamos en Guerra. Ruric y Thar no tienen tiempo de mirar  hierbas y hueso.

—Por favor —suplico—. Esto es importante.

—¿Sabes lo que es importante para mí? —Jiri se quita su venda—. No tener medio brazo que ha ardido por mala tinta.

—Pero eso es exactamente lo que…

Enseña sus dientes y flexiona sus púas—. Vete, Arrus. Y no vuelvas.

Me escondo, pero antes de ir muy lejos me doy cuenta de que el grupo de guerreros reunidos junto a la hoguera no están solo contando historias. Mis ojos se entrecierran y mis escamas sienten una comezón ante una inmensa ogresa envuelta en una larga túnica y con un cráneo de jabalí en cada hombro. Su brazo derecho termina bajo el codo y tiene unido uno prostético hecho de un intrincadamente tallado colmillo de jabalí de guerra con trozos de cuero portando un conjunto de delicadas herramientas. Una aguja de tatuar modificada sobresale del brazo prostético, formando un ángulo perfecto.

Golpea la cabeza de la aguja con un pequeño martillo, moviéndose a un ritmo constante por los cuartos traseros del centauro. El verde brillante de la tinta de la ogresa no es nada que haya visto antes; brilla en la noche como si el recipiente entero estuviera consumido por la Ira.

No sabía que me habían reemplazado tan rápido. Espero en las sombras, cocinando en silencio mientras ella pasa de un guerrero a otro. Casi va a amanecer cuando el último de ellos se retira. Me acerco a ella, y desde esta distancia veo su rostro lleno de tatuajes chamánicos.

—Quiero ahí, escurridizo. ¿Qué puedo hacer por ti? —la ogresa mira mis delgados y desnudos brazos.

—¿Qué tipo de tinta utilizas? Nunca he visto nada parecido.

Receta especial. Patentada —dice, tomando un gran trozo de jabalí de guerra asado entre sus dientes romos. Debería ser mi jabalí asado.

—¿Puedo hacer un trueque para conseguir un poco?

—Puedes luchar contra mí por ello —dice con una sonrisa, y luego comienza a empacar sus herramientas en los bolsillos de su mandil de chamán.

Por la forma en que comporta podría decirse que ha nacido dentro de una línea familiar fuerte, llena de heroísmo y poder…aquellos que los niños quieren oír de los cuentacuentos. Pero hay historias menos conocidas de sigilo y astucia, de la olvidada guerrilla de viashinos con escaso control de su impulso y manos rápidas, que toman a sus enemigos por sorpresa. Sus nombres puede que estén olvidados, pero canalizo el sigilo de mis propios ancestros, y mientras la ogresa está vuelva de espaldas extiendo mis largos dedos, agarro el recipiente de arcilla con tinta, y sin hacer ningún sonido, lo meto entre los pliegues de mi capa.

Y con un movimiento tan rápido como el restallido de una cola, mis brazos caen al suelo y la rodilla de la ogresa está en mi pecho. La tinta se derrama sobre la tierra desnutrida.

Para variar, a esto le sigue una lucha, y mientras sus puñetazos y patadas caen recuerdo por qué sus ancestros tienen historias y los míos no.

—Toca mi tinta de nuevo y me haré un par de botas con tu piel —gruñe mientras sujeta su ahora vacío cuenco. La pelea ha sido tan rápida que ni siquiera ha despertado a los demás.

Mientras permanezco ahí, roto y quebrado, contemplo el cielo, esperando morir, y siento algo rozando mi mejilla. La agonía me asalta cuando giro mi cabeza y veo una exuberante y verde enredadera creciendo donde la tinta se ha derramado. Las hojas se despliegan y se dirigen hacia el sol naciente ante mis propios ojos. La enredadera me atrapa por el hombro, luego baja por mi brazo. Lentamente siento que mis huesos se reparan.

—¿Qué magia es esta? ¿Quién…grazno, poco antes de que las enredaderas alcancen mi boca y bajen por mi garganta sanando todas las pequeñas hemorragias en mi interior. Magia selesnyana, sin duda; un gremio afín a los caminos de la naturaleza, aunque su falta de visión los mantiene ocupados intentando llevar orden y calma a lo que debería ser salvaje y vigorizante. Sin embargo, no niego que su magia sanadora es lo que necesito en este momento. Tan pronto me recupero intento sentarme y mirar hacia la fuente de la magia, pero sigo casi moribundo, escuchando a la ogresa atentamente maldiciendo, quejándose por la tinta desperdiciada y cómo tendrá que hacer más. Termina por empacar,  se marcha y la sigo, pensando en descubrir sus secretos.


Me mantengo agachado, lo suficientemente lejos de ella para que no me vea, y si lo hiciera sería capaz de huir antes de que me golpeara de nuevo. Caminamos fuera de Barrioescombros, y el marchito follaje se transforma en un vibrante verde, tan brillante que superan el espectro de color de mis escamas. Un alto promontorio de piedra caliza se alza ante nosotros, y una serie de cavernas se abren como negras fauces desafiándonos a que entremos.

Sé exactamente a por lo que va la ogresa: huevos de hidra.

Normalmente las hidras tienen dos o tres puestas al año, pero esta estación ha estado plagada de nidos vacíos y cascarones demasiado frágiles para siquiera manejarlos. Aunque tengo un buen presentimiento respecto a este nido. Observo a la ogresa entrar, y me acerco tanto como puedo, dejando que mi color varíe a un gris pálido, como el de la pared de la caverna. Me adentro en la profundidad, sintiendo como si estuviera bajando por una fría y húmeda garganta.

La hidra se enfurece ante la visión de la ogresa, siseando y escupiendo. No has visto la Ira hasta que ves a una madre hidra protegiendo sus huevos. La bestia retrocede, pero justo antes de que ataque, la ogresa comienza a murmurar una nota baja con los brazos moviéndose hipnóticamente. En el extremo de su brazo prostético equilibra con habilidad un cráneo oblongo y grueso. De un trasgo, probablemente. En segundos tiene a todas las cabezas de la hidra hipnotizadas. Y entonces, con cuidado, la ogresa saca un trozo de carne del bolsillo de su mandil, lo coloca dentro del cráneo y lo arroja hacia la oscura profundidad de la cueva. La hidra despierta del trance y se dirige tras el cráneo.

Mientras la bestia está distraída la ogresa comienza a cavar. Parece una nidada decente, tal vez cuarenta o cincuenta huevos. Mete uno en su mandil y luego regresa a la entrada de la caverna mientras las cabezas de hidras se pelean por el cráneo, intentando sacar el irresistible bocado de su interior. Interesante técnica. Los cráneos de trasgo son difíciles de romper, incluso para una bestia de ese tamaño, pero entonces oigo el crujir de huesos y más siseos, y luego los sonidos de una hidra deslizándose por la roca.

La ogresa vuelve la vista sorprendida, y luego comienza a correr. No puedo hacer nada salvo preguntarme si la debilidad de hueso ha llegado más arriba en la cadena alimentaria de Barrioescombros, pero no tengo tiempo para preguntármelo mucho, ya que ahora la hidra sabe que han perturbado su nido. Mi camuflaje puede ocultarme, pero no hay camuflaje que evite que huela como comida para esa hidra. No tengo más remedio que salir corriendo también.

Los insultos empiezan a hacer eco en las paredes de la caverna en cuanto la ogresa me ve, y cuando me supera, sé que me convertiré en aperitivo de hidra. En ese momento la ogresa arroja una liana de ceniza brillando al rojo con magia anaranjada frente a nosotros, golpea la tierra y la arrastra. La tierra erupciona, lanzando roca y piedra mientras una pendiente se forma delante de nosotros. Escalamos la pendiente mientras sella la entrada de la caverna, dejando solo una franja de luz por la que escapar.

Caemos por el otro lado; yo sin aliento, ella con poco más. Sé que es una chamán, pero la forma en la que se movió allí no concuerda con un artista de tatuajes. Parece más alguien que ha visto batallas, muchas, de hecho. Contemplo sus tatuajes faciales de nuevo…fijándome en la sinuosa línea de un río familiar y los edificios que rodeaban el barrio azorio que ahora se encuentra bajo cinco metros de agua.

—Espera. Eres Baas Radley. ¿La chamán que derrumbó las presas de Jezeru?

Alza una ceja y comienza a caminar, poniendo distancia entre nosotros y la hidra, que aún nos gruñe desde dentro de la cueva—. Ahora solo soy Baas. Siéntete libre de perderte de vista, escurridizo.

—¡Ochenta y dos bloques diezmados en un solo día! —digo, siguiéndola justo detrás, asombrado. Oh, lo que daría por un tatuaje en su piel–. Y luego vino ese derrumbe de un puente en el distrito de las fundiciones, y la matanza en la calle Hojalata, tanto…

—Yo no hice eso. Soy partidaria de romper presas y puentes, no huesos–. Me lanza una mirada—. A menos que alguien lo esté pidiendo.

Baas no parece especialmente parlanchina, pero tal vez si me pongo de su lado me permita quedarme mientras recoge el resto de los ingredientes para la tinta y de paso oigo sus increíbles historias—. ¿Y la fisura colosal que hiciste en el paseo transgremial? ¿Cómo de profundo dicen que fue? ¿Ni siquiera podías ver el fondo?

Me callo, esperando una respuesta. Nada. Aligera su marcha, sus pasos son más rápidos, y prácticamente me encuentro corriendo junto a ella.

—¡Y el derrumbe del Vestíbulo, donde acabaste con tres pilares maestros a la vez! ¡Ja! Los selesnya pasaron meses reconstruyéndolo. Solo tú y esa berserker del clan Bolrac fuisteis las responsables, ¿verdad? Oooh, recuerdo el alboroto cuando os casasteis fuera del clan, pero las dos trabajabais muy bien juntas. Esa cíclope, ¿verdad? Llamada Daeska Sol…

Baas se detiene, da la vuelta y me mira con la mirada más salvaje—. Termina esa frase y te arranco la garganta de un puñetazo.

Trago saliva, pero antes de que pueda cambiar de tema la tierra comienza a temblar como si la guerra estuviera cerca, pero no puede ser. El bosque nos rodea por kilómetros. Entonces veo a las hojas agitarse, las copas de los árboles ondulan y me doy cuenta de que algo se nos acerca. Un conjunto de colmillos enormes surge en el claro; un jabalí de batalla. Y nunca viajan solos.

Comienzo a correr, pero Baas me agarra por el cuello.

Nunca le des la espalda a un jabalí de batalla, a menos que quieras ser convertido en pasto. Lo mejor que podemos hacer es mantener la posición.

—¿Nosotros dos contra una piara entera?

—No tenemos que luchar contra ellos. Solo tenemos que parecer que queremos luchar contra ellos. Si tenemos suerte retrocederán—. Me agarra por los hombros y me separa los pies con una patada—. Posición abierta, inclinado suavemente hacia delante, como si fueras a saltar. Hombros en alto. Enseña los dientes.

—¿Así? —digo, canalizando mi berserker interior, pero mi frío corazón se niega.

Coloca su nudillo dos tercios por debajo de mi espalda, y mi postura se amplía—. Mejor —dice, y luego toma una fiera pose.

Los jabalíes de batalla se acercan. No puedo hacer nada salvo contemplar las enormes pezuñas pulidas y su lanudo y grueso pelo brillando como seda bajo el sol. No son como las despeinadas bestias a las que estoy acostumbrado, pero no os confundáis, incluso con ese desfile de acicalamiento, de ninguna forma quiero encontrarme ensartado por esos gigantescos colmillos.  

—Haz contacto visual con la líder. No lo rompas. Es la única a la que tenemos que disuadir.

La bestia líder se detiene, y el resto de la piara lo hace. Nos olfatea. Me inflo tanto como puedo, tensándome para parecer más formidable de lo que soy. La jabalí gruñe, se desplaza, cambiando de dirección lentamente. Pasa a centímetros de nosotros, tan cerca que su pelo toca la punta de mi hocico, pero mantenemos la pose hasta que el último jabalí pasa.

—Esta es la segunda vez que has salvado mi vida hoy.

—Y la tercera vez que pones tu vida en peligro para conseguir un poco de tinta —dice Baas, sacudiendo su cabeza—. Te llamas Arrus, ¿no?

Me pongo tenso—. ¿Sabes quién soy?

—Quemaste a la mitad del clan Ghor —dice con una sonrisa—. Todo el mundo sabe quién eres.

—¡No fue mi culpa! Hay algo malo en la tierra, y ya no puedo conseguir la mezcla adecuada de tinta. ¿Lo sabes, verdad? ¿Por qué sino te dirigirías hacia aquí?

Cruza sus brazos, pero el resto de su cuerpo se suaviza—. Lo sé.

—Bien, ¿por qué no se lo has dicho a nadie? ¡Te escucharían!

—Acabo de salir de Portal de Guerra, escurridizo. Necesito algún tiempo para poner mi cabeza en orden, y temo que eso no incluye a todo el mundo irritado por la potencia de los excrementos de maaka. Pero he visto tu trabajo. Eres demasiado bueno para estar tirado en las tierras salvajes. Conozco a gente en el clan Árbol Ardiente, y se alegrarán por tenerte. Te enseñaré cómo hacer la tinta. Es potente. Incluso puede sanar a luchadores cuando golpea la Ira. No como te ha sanado a ti…debes haber tenido el equivalente a un par de cientos de bloques de magia sanadora encima. Pero ayuda, y necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.

—Espera…Mi mente se agita lentamente, intentando unirlo todo—. En el campamento…supiste que la tinta me sanaría. ¿Y sabías que te seguiría?

Baas sonríe—. Puede. ¿Quieres la receta o no?

Sí. Por supuesto que sí.

Así que nos adentramos en el bosque en busca de corteza de pino. Los árboles son majestuosos, especímenes altos que se alzan hacia el cielo, pero algo espeluznante asalta mis pensamientos. Hay un patrón de árboles: roble, doce pasos, pino, ocho pasos, pino, quince pasos, sauce, luego otro roble. Una y otra y otra vez.

—Estamos en territorio selesnyano.

—Quieres decir que esa piara de jabalíes de guerra salidos de una peluquería no te ha dado pruebas? —ríe, luego se detiene frente a un gigantesco pino, cierra el puño y envía un golpe directo al tronco. Un par de docenas de trozos de corteza caen al suelo. Las recojo, pero Baas ríe de nuevo—. Apuesto a que eres el tipo que simplemente recoge la primera corteza que ve. Las piezas más fuertes se desprenderán del árbol después de que les des un cariñoso golpe. Prueba.

Golpeo mis puños contra el tronco varias veces. Nada ocurre, salvo que ahora hay rasguños en mis nudillos—. Sería más fácil si fuera como tú.

—¿Crees que lo único que importa en el campo de batalla es el tamaño? —se acerca tanto que termino mirando su ombligo—. Arrójame. Pon tu brazo en mi cuello, gira y apóyate con todo tu peso.

Sigo sus instrucciones y soy capaz de derribarla con poca ayuda por su parte. Pero pillo la idea. Con un poco de práctica puedo verlo en funcionamiento. Tal vez no con alguien de su tamaño, pero la siguiente vez que mi hermano intente robarme el trabajo, le enseñaré un par de cosas.

Mi corazón se enfría ante el pensamiento. Bueno, se enfría más de lo que ya está. Quién sabe cuándo veré a Jiri de nuevo. El territorio Árbol Ardiente está muy lejos. Tal vez venga a visitarme cuando termine la guerra, pero por la forma en que las agresiones han ido aumentando en los últimos meses, quién sabe cuándo será eso.

—¿Por qué estás aquí, huyendo de la batalla? —le pregunto—. ¿Portal de Guerra te “rehabilitó”?

—Ja, no.  Solo me interesa fustigar a la civilización. No puedo estar en el frente mientras ya-sabes quién sigue ahí fuera. Demasiados recuerdos de nosotras luchando codo con codo.

—¿Daeska?

Baas entorna sus ojos—. Sí. Estábamos en el mercado de la calle Hojalata, dando un paseo, pasando un minuto alejadas del campo de batalla, cuando se desató el caos. Soldados boros comenzaron a intervenir, diciendo que nos habían visto asaltar a un par de viejos minotauros. Mentirosos, todos ellos. La Ira sacó lo mejor de mí e hizo la situación aún peor. Fui arrestada. Daeska huyó. Fue a visitarme varias veces, prometiendo que me esperaría diez años hasta que saliera de Portal de Guerra, si eso es lo que me llevaba. Resulta que salgo pronto, solo para encontrar que esa fulana ni siquiera había esperado diez meses.

—Cíclopes —digo, sacudiendo mi cabeza.

—De cualquier forma, imagino que aún estoy haciendo mi parte. Ayudando a la causa y…

Reaccionamos al sonido de un rugido salvaje en lo profundo del bosque.

—Maaka —decimos al unísono. La fuente del ingrediente final.

Pasamos a través de los árboles perfectamente espaciados, percatándonos de cómo incluso los detritos en la tierra parecen esparcidos a propósito. Cada sesenta pies salto por encima del mismo montón de rocas, y cada ochenta pasos pasamos el mismo roble caído. Las zarzas entre los árboles se espesan, más afiladas. Justo cuando no somos capaces de continuar vemos la procedencia del rugido, el que parece ser el maaka más grande y bello que he visto; músculos abultados apenas contenidos por un lustroso pelo rojizo. Lo seguimos durante casi una hora antes de que haga sus deberes, y entonces Baas saca su cuenco de arcilla y mezcla los ingredientes, usando el tocón de un árbol caído como mesa. La tinta brilla casi inmediatamente, y sin preguntar, vierte la mitad de la mezcla en mi cuenco.

—Gracias —digo, preparándome para lo que sea que me espere en el clan Árbol Ardiente. Pero echo un segundo vistazo al tocón. Ese sentimiento espeluznante me abruma mientras cuento los anillos concéntricos. Sacudo mi cabeza. Este inmenso roble, de 12 metros de alto, solo tiene cinco años.

Con un suspiro, pongo mis delgados dedos en funcionamiento y escalo hasta la copa de un árbol. Desde esa posición el bosque parece menos un bosque y más una cerca dividiendo las tierras salvajes de Barrioescombros de una franja de territorio selesnyano.

Tenía razón. Hay una guerra bajo nuestros pies, solo que no se lucha con cuchillos y garrotes. Es una guerra silenciosa luchada con magia de crecimiento. Los selesnya han plantado miles y miles de pimpollos, y luego han acelerado su crecimiento hasta que han tenido una barrera perfecta e impenetrable. Y han estado extrayendo la magia de nuestras tierras para hacerlo, pensando que nunca tendremos la inteligencia para imaginárnoslo.

No moriremos de hambre. Incluso si todas las plantas y animales de Barrioescombros mueren, siempre habrá guerra para alimentarnos. Presionaremos más la civilización, destruyendo laboratorios ízzet, basílicas orzhov y complejos de entrenamiento azorios, haciendo el trabajo sucio de los selesnya. Mientras tanto ellos reirán y se cogerán de las manos en sus jardines manufacturados, fingiendo estar por encima del “salvajismo” que es la lucha.

Esto…esto es algo que me saca de mis casillas. Siento una chispa en mi pecho, un fuego de Ira que espera ser encendido. Todo lo que tengo que hacer es invocar el coraje para hacer que el resto del clan se salga de sus casillas.


—Desafío la posición del líder del clan —digo, con las piernas abiertas, el cuerpo inclinado un poco y un gesto que podría asustar a una piara entera de jabalíes de guerra. Ruric y Thar puede que no tengan tiempo para escuchar teorías sobre hierba inerte y huesos frágiles, pero no pueden rechazar un desafío.

El campamento queda en silencio. No es silencio de tensión, sino  el de una risa apenas contenida.

El ogro de dos cabezas suspira, y se levanta de su trono de cráneos para dirigirse hacia mí. Ruric sonríe, mostrando un pedazo de carne atrapado entre sus afilados incisivos—. Supongo que podría usar tus escuálidos huesos como mondadientes. Para que luego digan que somos incivilizados.

—No estáis capacitados para ser nuestros líderes —digo, alzando mi voz para que se oiga por encima de las risas, y me mantengo cerca esperando que esta trifulca se resuelva con ayuda de lenguaje físico agresivo—. Barrioescombros está languideciendo prácticamente bajo vuestras narices y ni siquiera os molestáis en mirar y preguntaros qué lo provoca.

—¿Quieres luchar, o planeas aburrirnos hasta la muerte con tus palabras? —dice Thar.

Ruric y Thar se acercan. Hablar no va a funcionar. La violencia es a lo único que escuchan. Lanzo todo mi cuerpo hacia un puñetazo en su barriga, pero hace menos que lo que le hizo al tronco del árbol. Ruric golpea su puño contra la parte superior de mi cabeza, y caigo al suelo, con puntos blancos nublando mi visión. Me incorporo, luchando por mantener el suelo bajo mis pies mientras Ruric y Thar vuelven a su trono.

—Desafío la posición del líder del clan —digo de nuevo. Los ogros gruñen esta vez.

Jiri se acerca y me agarra por los hombros, con los ojos desesperados—. Arrus. No hagas esto. Pídeles que lo olviden y regresa al clan. Mira, las quemaduras no resultaron tan malas—. Me enseña su brazo, ahora curado con un hipnótico patrón de brillantes cicatrices—. Algunos de mis compañeros quieren lo mismo para su siguiente conjunto de tatuajes. Por favor.

Me separo de Jiri, concentrado en el ardor de mi corazón—. Mi desafío se mantiene.

—No se mantendrá por mucho tiempo —dice Thar. Los ogros golpean su pecho, y la Ira se enciende dentro de ellos. Sus tatuajes brillan, algunos de ellos el trabajo de mis manos. Recuerdo el movimiento de derribo que Baas me enseñó. Uso mi rapidez para colocarme tras los brutos, escalo por su espalda y mantengo mi agarre. Me inclino. Me inclino más. Creo que oigo a mis vertebras chasquear, pero al volverme veo que son Ruric y Thar chasqueando sus nudillos. Ruric me alcanza, me agarra y me lanza. Golpeo la tierra y comienzo a rodar, deteniéndome a centímetros de la hoguera.

Permanezco allí, seguro de que me he roto un par de costillas. Luego me encuentro bajo la sombra de una gigantesca figura. Me encojo, creyendo que son Ruric y Thar,  que vienen a aplastarme, pero una voz profunda y familiar agita el fondo de mi estómago.

—Bien. Encontraste tu Ira —dice Dryzek, mirándome con una sonrisa—. Ahora úsala.

¿Usarla? ¿No es eso lo que he intentado hacer? Me concentro en lo que me saca de mis casillas, ignorando las brasas de la hoguera en mi piel. No soporto al Cónclave Selesnya. No soporto que nuestras tierras se estén quedando sin magia, pavimentadas por la civilización, envenenadas por la industrialización. Pero lo que me saca más de mis casillas ha estado conmigo durante mucho tiempo, antes de que estas cosas me importaran. No soporto que las historias de mi gente se hayan perdido, que se me hayan ocultado mis héroes. No soporto que ninguna vez de niño me sentara ante la hoguera a escuchar historias de guerreros con escamas verdes y colas como látigos, gente como yo, aplastando el civismo de forma temeraria.

Me esfuerzo por ponerme en pie. Ruric y Thar están ocupados con lo que parece un montón de costillas de colmillorak, y me dirijo cojeando hasta ellos. Tras un par de pasos mi cojera se convierte en un paso firme, aunque las plantas de mis pies se sienten como si estuviera caminando por carbones ardientes. Este sentimiento se extiende…mis rodillas, mis tripas, mis pulmones. Mi corazón. No hay más dolor, solo Ira.

—Desafío  la posición del líder del clan —digo por tercera vez. Ruric y Thar se levantan de nuevo, pero algo en mis ojos los asusta, porque vuelven a sentarse contra el espaldar de su trono—. Escuchad lo que digo. Barrioescombros está muriendo. Las plantas se marchitan, los animales enferman, y si no lo detenemos no podremos hacer nada. El Cónclave Selesnya está detrás de esto. Absorben la magia de nuestra tierra para que la suya crezca. No podemos desperdiciar un día más, un minuto más ignorando el problema, o no habrá nada por lo que tengamos que luchar.

Inspiro profundamente y dejo escapar mi aliento. De pronto me doy cuenta de que estoy completamente envuelto en llamas rojas; una vida entera de Ira acumulada surgiendo mágicamente de mí de una vez. La reduzco hasta que las llamas no son más que parpadeos.

Jiri da un paso hacia mí y coloca su mano en mi hombro. Las llamas se extienden a él, y pronto nos envuelven—. Estoy con Arrus.

Baas coloca su mano en mi otro hombro. También recibe las llamas—. Estoy con Arrus.

—Y yo también —la voz de Dryzek resuena. Permanece tras de mí, y mis llamas saltan hacia él. Otros se nos unen, hasta que juntos ardemos más brillantes que cualquier hoguera.

—Te desafío, líder del clan, a hacer algo al respecto —digo a Ruric y Thar, hablando en nombre de nuestro clan y de todos los clanes gruul—. Lucharemos por ti. Necesitamos que luches por nosotros.

—Si los selesnya quieren una guerra, le daremos una —dicen Ruric y Thar, caminando hacia mí. Ruric coloca la palma de su mano sobre mi cabeza. Rojas llamas encienden su brazo, para luego iluminar completamente a nuestros líderes—. Se contarán historias de esta guerra durante generaciones, y tu nombre, mi feroz guerrero, estará en el centro de todas ellas.

 

Link al post original: http://magic-the-gathering.foroactivo.com/t51541-rna-story-2-la-ira-de-los-olvidados#465715

¡Nos vemos en la siguiente historia!

Ya a la venta cartas sueltas y sellado de La Lealtad de Ravnica

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