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Buenas de nuevo, esta vez os traigo la tercera historia “ravnicana”, donde viajaremos bastante profundo… ¡disfrutarla!


—¿Estás segura de que no está muerto? —dice Miko, tocando al viejo monje en su frente. El monje está sentado tan quieto como una estatua, con hojas de kelp surgiendo de sus dedos y un pequeño grupo de pólipos pegado a su mejilla. Varios cangrejos han hecho de las grietas bajo sus piernas cruzadas su casa.

—No toques, Miko. Por favor, deja de actuar como alguien de la superficie y muestra algo de respeto por tus ancianos.

—¿Cuánto tiempo ha estado sentado así? —pregunta Chessa, mi nueva pupila, agitando su mano tímidamente frente a la distante mirada del monje. Las únicas cosas que se mueven son las motas de plancton flotando en el agua del océano.

Ese es el acertijo. ¿Alguien se atreve a resolverlo? —pregunto—. Cambio la rotación de mis aletas y me dirijo hacia atrás, dando espacio a mi nidada para que examine al monje desde todos los ángulos—. ¿Días? ¿Semanas? ¿Años? —río mientras mis estudiantes nadan a su alrededor, yendo de un lado a otro mientras levantan conchas con la esperanza de encontrar una pista. Jóvenes, siempre con prisa, como un banco de peces navaja.

Mi sonrisa desaparece. Adoro a estos estudiantes, y estoy orgullosa de todo su trabajo, pero la duda me asalta mientras los cuento una y otra vez, asegurándome de que ninguno ha desaparecido. Solo ocho estudiantes este año, no es mucho para una nidada. El año pasado hubo catorce, y el año anterior, veintidós. Y antes de eso, rechazaba a estudiantes por temor a no ser capaz de vigilarlos a todos. Los tiempos están cambiando, y los padres buscan cuidadores de nidada que estén del lado de los adaptacionistas; aquellos que utilizan bioingeniería, además de otros directores de la superficie que han llegado a nuestros océanos a través de los cenotes simic. He intentado evitar los temas políticos de los de la superficie tanto como he podido, aferrándome a las tradiciones de nuestros ancestros y entrenando a estudiantes para proteger nuestras aguas con las mismas técnicas que hemos usado durante milenios.

Cenotes

Un cenote es una gran cavidad que conduce hacia los océanos ravnicanos, y cada uno sirve como un hábitat simic diferente; constituyen una especie de rascacielos gigante invertido. Cada cenote posee una cultura, ecosistema y distribución racial diferente, así como un portavoz para cada uno.

Kaszira se sienta exhausta en los límites de la clase, deprimida como de costumbre. He visto cómo mira a los estudiantes de las otras nidadas, admirando sus aletas alargadas mediante técnicas de laboratorio para incrementar su velocidad de natación, sus adaptaciones cutáneas que les confiere un camuflaje que rivaliza con el de los mejores mímicos, o su visión mejorada que les permite distinguir invasores antes de que se adentren en territorio tritón. Algunos padres incluso han apoyado modificaciones más avanzadas, como garras para ayudar a defender nuestras aguas, pero su número es aún escaso, gracias a los dioses.  

—Kaszira. Acércate, te estás perdiendo la lección.

No responde. He intentado una y otra vez comunicarme con Kaszira, pero su corazón simplemente no está. Mientras nado para aproximarme sus ojos se dirigen hacia mí, y luego se centra en algo frente a ella. Un zooplancton. Uno muerto. Los ojos de Kaszira se cruzan ante el pequeño cadáver que se posa en su nariz. Se asemeja mucho a la portavoz utópica Zegana; una versión más joven y petulante de nuestra líder, pero su parecido es asombroso: un espectacular abanico de aletas (azules con bandas iridiscentes) y una delgadez que sería impropia en la mayoría de tritones, pero ella la soporta bien. Me atrevería a llamarla regia si le importara no andar de forma tan desgarbada.

Mientras un segundo plancton muerto se coloca en su piel, me doy cuenta de que no está deprimida. Está observando. Me detengo y me quedo quieta suavemente, sin querer molestarla. Un tercer plancton se posa, y entonces se vuelve hacia mí y dice de forma rotunda:

—Siete semanas. Eso es lo que el viejo monje lleva meditando.

Mis ojos se abren. ¿Cómo pudo haber visto la pista al acertijo desde tan lejos? Se supone que los niños miden la longitud de sus bandas de ayuno y las comparan con la longitud de sus bandas dorsales hasta llegar a la conclusión de cuarenta y siete días. Casi siete semanas.

—¡Eso iba a decir yo! —dice Chessa, nadando hacia nosotros y presentando su espina de pez de roca como prueba, tan precisa como cualquier gobernante de la superficie—. ¡Lo juro por las branquias de mi abuela!

—Sí, yo también iba a decirlo —imita Miko. El pobre niño no ha resuelto un solo acertijo desde que está bajo mi tutela, pero lo que le falta en habilidades de observación lo compensa en valentía. Los otros estudiantes adoran sus disparates y se le unen, riendo.

Los mando a callar—. Kaszira fue la primera con su respuesta. Por favor, explícanosla.

—En diez minutos diez plancton muertos se han posado sobre mí. Eso son cuarenta y dos por hora. Y con la longitud media de un zooplancton de uno frente a ocho comparada con la espina de un pez de roca, tomaría a mil de ellos formar una capa uniforme del tamaño de una aleta central. La cobertura en la piel del monje tiene seis capas en sus zonas más gruesas; su nariz y las puntas de sus pómulos son las más obvias. Eso hace un total de siete semanas. Aproximadamente. Se quita el plancton de su cara y luego vuelve a tener una mirada de aburrimiento.

—Unas observaciones muy agudas. ¡Haremos de ti una gran protectora! —digo, esperando que mis ánimos enciendan empatía en su corazón. Oh, cómo desearía que se maravillara sobre la enormidad del sacrificio que el monje ha realizado en todo este tiempo, pero nada ocurre.

Suspiro—. Ahora, la otra forma en la que podríais haber determinado esto —desenrollo mi propia espina de pez, una antigüedad de bronce con perlas engarzadas a lo largo de las vértebras, y me dispongo a mostrar a la clase la forma tradicional para resolver el acertijo.

—¡Guau! —dice Miko con la boca abierta. Me toma un momento percatarme de que no se está asombrando por mi regla sino con Ptero Zallik, cuidador de nidada sénior y némesis de mi existencia. He oído los rumores, pero no podría creer que lo hubiera conseguido. Su torso parece crustáceo en origen, de un rojo oxidado e irregular, y sus brazos terminan en enormes pinzas.

Espero estés bien aquí, Medge —me dice, flexionando las nuevas partes de su cuerpo y esperando un cumplido.

—Eso fue hasta que decidiste nadar hasta aquí —murmuro entre dientes, y luego fuerzo una sonrisa en mi rostro–. Saludos, Ptero. Pareces más elegante. No me lo digas… ¿te has recortado las aletas?

Ríe mientras su nidada nada detrás de mí. Veintisiete de ellos. Y veintisiete millones de años entre ellos si sumas todas las modificaciones simic—. ¿Aun enseñando sobre bandas de ayuno? Creí que habían eliminado eso del plan de estudios hace siglos.

—Aún tiene relevancia para aquellos que desean tomarse el tiempo para aprenderlo —refunfuño.

—Bueno, estoy seguro de que tienes mucho tiempo para gastarlo en cada uno de tus alumnos. ¡Una bendición de los viejos dioses del océano, por supuesto! Tengo mis pinzas tan completamente desarrolladas que mi clase rebosa de estudiantes. Solo se han abierto sesenta y dos plazas de protectorado, y veinticuatro de los míos son ya apuestas seguras; maestros en la empatía, la valentía y la observación. Pero ahora que me fijo en la competición, creo que puedo colocarlos a todos.

—¿Sesenta y dos plazas? —se me erizan las aletas—. Pensé que eran ochenta.

—El Proyecto Guardián ha decidido enviar algunos refuerzos. Han tomado dieciocho plazas. Ranas mutantes, creo. ¡Ahora mismo las están criando como renacuajos!

—Pero esto no es un asunto simic. ¡Es un asunto de tritones! Ellos saben mejor que nadie sobre las tradiciones de la profundidad.

—Órdenes de Vannifar—. Ptero se encoge de hombros—. Te veo en el Caparazón de los ganadores—. Me chasquea una pinza tan cerca que casi me corta una aleta—. Eso si alguno de vosotros sois lo suficientemente buenos—. Y con un impulso de sus musculosos muslos mejorados en laboratorio se va por las corrientes junto con su nidada.

Sesenta y dos puestos. Hay ciento setenta pupilos entre todos los cuidadores de nidada. Las probabilidades no están a mi favor; podría colocar a unos pocos, pero con dieciocho plazas menos no está garantizado. Si ninguno de mis estudiantes tiene un buen desempeño tendré que echar raíces en la superficie. Estaría a flote. Hecha para ello. Nadie volvería a confiarme sus hijos de nuevo.

Pero no puedo dejar que mi negatividad llegue a mis estudiantes. Necesito inspirar toda la confianza que pueda en ellos. Ptero tiene razón sobre una cosa, tengo la ventaja de una nidada pequeña, y voy a aprovechar eso.

Nunca me atrevería a llevar a veinte estudiantes fuera de territorio tritón. Ni siquiera quince. Pero ocho son lo suficientemente pocos para que pueda tener un ojo puesto en todos ellos, y la experiencia en océano abierto merecerá la pena. Ver a un krasis escurridizo en acción, observar cómo se mueven. Verlos atacar. Podría darles a mis estudiantes una idea para sus actuaciones.

—Vamos —digo, marchándome tan rápido que la arena se remueve del fondo marino. Los estudiantes alzan una ceja con curiosidad—. Seguidme. ¡Manteneos cerca!

Estaremos seguros, observando desde lejos. No me atrevería a ponerlos en ningún tipo de peligro.

Buceamos a las profundidades, siguiendo un bosque de kelp dorado que nos envuelve, y los resplandecientes castillos de coral de nuestro hogar ahora parecen castillos de arena en el horizonte. Una bestia anfibia deambula, un bentónido resplandeciente, uno de los leviatanes de las profundidades que mora en las cavernas submarinas. Pasamos junto a él y Miko pasa sus dedos sobre la suave y pegajosa piel del vientre de la bestia. El bentónido resplandeciente ha pasado miles y miles de años sin tener predadores naturales. Pero ahora las cosas antinaturales acechan…

Finalmente vemos al krasis escurridizo; una abominación de la naturaleza: garras, escamas y púas mortales recorren su cuerpo hasta terminar en una cola serpentina. Los biomantes que los crearon han subestimado lo tenaces e inteligentes que eran, y escaparon de su confinamiento encontrando la libertad en nuestros océanos. Dicen que son peces mutantes, pero nunca he visto a un pez con un cuello tan grueso y tenso, o con una cabeza que revela un cráneo vacío. Ordeno a los estudiantes cubrirse en el bosque de kelp, y los alejo más y más mientras el krasis se acerca a nosotros. De repente estamos contra el casco de un viejo naufragio; madera podrida que cruje al mínimo contacto.

Nos mantenemos quietos. Aquí es donde haremos nuestras observaciones, y me hincho de orgullo al ver a mis estudiantes cruzarse de brazos sin tener que decírselo, fue una de las primeras lecciones que les enseñé, hace tanto que parece una eternidad. Esta técnica camufla la localización de un estudiante y termina donde se encuentra el siguiente, por lo que al solapar sus aletas, hacen que nos ocultemos en nuestros alrededores.

Entonces observamos, y mi corazón palpita cuando el krasis escurridizo posa su mirada en el bentónido resplandeciente que vimos antes. La pobre bestia ni siquiera sabe lo que le ha golpeado. El bentónido intenta defenderse, y expulsa brillantes burbujas rojas; el cebo perfecto. Una púa sobresale de la punta de la cola del krasis y propina un mortal golpe en el suave vientre de la bestia. El krasis se da un atracón, y sus garras llenan de carne sus esqueléticas fauces hasta que están llenas. El agua ensangrentada atrae a otros krasis, y también se dan un banquete, y cuando el cadáver se ha limpiado en menos bocados de los deseados avistan a otra bestia anfibia en la distancia y nadan hacia ella.

—Eso es a lo que nos enfrentamos. Podemos proteger a las criaturas que viven en nuestro territorio, pero aquí fuera no tenemos los recursos y el tiempo para protegerlos a todos.

—Podríamos intentar hacer algo —dice Miko, con su rostro dibujado por el terror—. Magiaflujo o algún tipo de hechizo de entendimiento…

—No aquí fuera. El peligro es demasiado grande. Nunca sabes lo que puede estar merodeando por…

—Passss . . . —dice una áspera voz detrás de nosotros; una voz fantasmal y seca, como nada que perteneciera al mar—. Passs…

La clase mira a Miko, esperando que sea otra de sus bromas, pero este se encoge de hombros—. No fui yo. Creo que viene del naufragio—. Frota sus manos sobre la proa. No es simic, eso al menos puedo decirlo, definitivamente es de la superficie de Rávnica—. Deberíamos investigar —dice, poniendo un pie dentro del agujero gigante en el casco.

—Es demasiado peligroso —digo, empujándolo hacia atrás—. Informaremos al Proyecto Guardián y dejaremos que se encarguen ellos.

—Pero la voz… ¿y si están heridos? —dice Kaszira.

—Passaje… —vuelve a decir la voz. Hago una mueca. Somos protectores de la vida. He pedido a los estudiantes a que dejen de lado la llamada a la acción una vez hoy. Hacerlo dos veces, y por la vida de un ser, de una persona con aliento, negaría la valentía que tan duramente estoy inculcándoles.

—Miraré dentro del naufragio. Necesitaré dos voluntarios para que vengan conmigo.

Miro a Chessa, mi mejor estudiante, pero aparta la mirada. Podría utilizar sus agudas observaciones, pero cuando su coraje flaquea también lo hacen sus otras habilidades. Miko alza su mano. No es ninguna sorpresa. He gastado buena parte de mis energías intentando moldear a ese niño para que sea un buen protector, pero su mente tiene la constitución de arena de lecho marino. Aun así su corazón está en el lugar correcto, y nunca se aleja de una pelea…algo que podría resultar útil si la situación empeora. La mano de Kaszira también se levanta, lo que me asombra. Nunca la he visto tan interesada en algo antes, pero lo cierto es que nunca la he visto junto a un antiguo naufragio de un mundo extraño. No sería mi primera elección. Mi segunda o tercera, tal vez. No me enorgullece admitirlo, pero desde que supe que era la sobrina de la portavoz Zegana, he mantenido un ojo en ella, buscando formas para potenciar sus capacidades naturales. Es una apuesta perdedora para el Caparazón de los ganadores, pero si lo hace lo suficientemente bien, tal vez los jueces se vean influidos por su linaje y la admitan.

—Elijo a Kaszira. Y a Miko.

Chessa parece aliviada, pero no dejaré que se salga con la suya, así que la nombro líder del grupo que vigilará mientras estamos dentro.

Kaszira, Miko y yo nadamos hacia la boca de la brecha del casco, hacia la oscuridad, y la iridiscencia de nuestras aletas baña las superficies con una luz mortecina. Hay una pequeña reserva llena de barriles, y entre ellos varias criaturas marinas han encontrado sus guaridas. Una escalera que ha perdido la mayoría de sus peldaños se dirige hacia cubierta. Empujamos la escotilla y en lugar de abrirse se desmorona en astillas.

—Ochenta años —susurra Kaszira, pasando un dedo por una gruesa capa de esqueletos de zooplancton que se halla sobre el derribado mástil que una vez sujetó las velas del navío—. Desde entonces lleva este naufragio aquí abajo.

—Pero los cenotes no han estado abiertos al océano desde hace tanto —digo.

—Sí, comprueba tus cálculos —dice Miko, punzando a Kaszira en las costillas.

—No hay nada malo con mis cálculos —dice, empujándolo.

—Estudiantes. Concentraos.

Miko comprueba la cubierta, buscando algo que romper, pero se detiene junto al timón—. ¿Veis esto?—. Los percebes incrustados en la cubierta del barco es lo único que evita que se derrumbe por completo. Pero hay una zona donde los percebes crecen en un extraño patrón circular. Miko empuja su mano contra la frágil madera. Cede, y cuando levanta sus manos está sujetando un medallón dorado tan grande como su cara, portando el símbolo de una hinchada estrella de mar de ocho brazos—. ¡Esto tiene que costar algunas conchas! —dice, tirando de la cuerda a la que está sujeto, pero el nudo aguanta firme.

—Pasaje… dice de nuevo la áspera voz.

—¿Quién anda ahí? —digo, reuniendo a los estudiantes a mi lado—. ¡Muéstrate!

Espero a que salga nadando algún tritón maleante. No señalaría a Ptero como el que orquestó una artimaña tan deplorable, pero cuando una figura emerge de la destrozada madera que antaño fueron la popa del barco, me recorre un escalofrío. Es una figura corpulenta, robusta para las gélidas temperaturas de estas profundas aguas, vestida solo con un gris hábito. No tiene aletas discernibles. Humano, tal vez. He visto pocas de estas curiosas criaturas, pero todas tenían modificaciones genéticas o bastos aparatos para poder respirar bajo el agua. Eran pésimos nadadores y se movían con la gracia de un caballito de mar borracho. Aunque este humano no se mueve de esta forma. No se mueve mucho, de hecho, pero poco a poco se va acercando. Un banco de asustados barbos ángel escapa de nuestra intromisión, atravesando el cuerpo del humano, que ahora parece con menos sustancia que la carne de una medusa.

Miko deja escapar un grito de guerra desgarrador, y suelta el medallón para alzar sus puños contra el humano—. ¿Qué es eso? ¿Algún tipo de cieno mutante? —grita.

El humano fija sus ojos en Miko—. Passaje…—gime.

—Es un fantasma —dice Kaszira, aproximándose al humano como una raya salvaje—. No puede dañarnos. Creo.

—¿Qué quieres de nosotros? —pregunto.

—Caasa —dice, dejando salir las palabras como si su boca hubiera olvidado cómo hablar—. Pasaje a casa.

—¿Eres del mundo de arriba? —dice Kaszira emocionada—. ¿Las tierras secas?

El fantasma asiente—. Barco naufragado. Tripulación ahogada. Excepto yo—. Pasa su mano a través de su toso—. Ya muerto.

—Pobre —dice Kaszira, nadando demasiado cerca del fantasma para mi gusto.

—Vuelve aquí, Kaszira —dice Miko, con los puños aún en alto.

—Está asustado, ¿no lo ves? Aquí abajo, solo durante años y años—. Kaszira se sienta sobre un baúl cerca del fantasma—. Dale un momento para reanimarse. Para recordar cómo es estar con otra gente.

Kaszira está mostrando empatía. Y Miko está usando sus habilidades de observación por una vez. Sé que debería estar pensando en alejar a mi clase todo lo que pueda de este naufragio, pero si la exposición a esta difícil situación es suficiente para hacer que estos dos mejoren sus áreas más débiles, puede que ambos tengan una oportunidad en una buena actuación. Parece que este fantasma no tiene dominio sobre la vida acuática, y por tanto no parece ser una amenaza inminente.

—¿Qué tipo de bestias sois? —pregunta el fantasma, y cada una de sus secas palabras chirrían en mis oídos—. No he visto nada como vosotros en todo Rávnica.

—Tritones, señor —digo.

—¿Tritones, eh? Ah, bestias de las aguas—. Se aclara su garganta varias veces, pero no parece mejorar su voz—. Soy el marinero Andrik, el desafortunado único superviviente del Imprudente. El navío fue hundido por piratas hace tiempo. Estuvo en el fondo del río durante décadas, y mi único placer era observar la recortada luz del sol atravesando el azul. Una visión triste era, pero no supe lo buena que era hasta que el lecho del río comenzó a hundirse. Se tragó el barco entero y a mí con él, por un agujero y hacia este oscuro y miserable paisaje infernal. Me resigné a ver a un alma viva hace tiempo.

—Cayó a través de uno de los cenotes —dice Kaszira, casi  susurrando—. ¡Simas tan grandes que se tragan un buque entero! ¡Imagina!

Imagino…algo bastante inapropiado. Imagino la confianza que mis estudiantes ganarían ayudando a este pobre fantasma a regresar a su hogar, y la experiencia que ganarían en una aventura del mundo real—. Te ayudaremos con tu pasaje a casa —digo—. Con la condición de que obedezcas nuestras órdenes. El mar es peligroso y no pondré en riesgos a mis estudiantes ni a mí.

—¡Y con la condición de que podamos quedarnos esto! —Miko levanta de nuevo el medallón, observando la cuerda anudada. Si hay alguien que pueda romperla, es él.

El fantasma agita su cabeza—. Me gustaría que lo tuvierais. De veras, pero temo que es una baratija familiar sin valor alguno. Oro falso. Pero accedo a vuestra otra condición. Todas las órdenes serán acatadas si podéis reunirme a mí y a mi barco con el brillante cielo azul.

—Joo —dice Miko, dejando el medallón—. ¿Por qué no nadamos directamente a la superficie? No está tan lejos.

—Temo que mi consciencia es demasiado pesada. Los restos de la tripulación aún están a bordo de este barco, y no me sentiría cómodo hacer este viaje sin ellos. Es mi único deseo que sus familias puedan verlos y enterrarlos dignamente.

Cuando expongo la idea a los otros estudiantes la mitad de ellos están emocionados, la otra mitad menos—. Será peligroso —digo—. Pero si mantenemos las tradiciones de los protectores, lo lograremos de forma segura. Sabemos que la “empatía” es el principal dogma de los protectorados tritones. ¿Quién merece más empatía que un fantasma, alejado de su gente por casi cien años? Y si no le mostramos misericordia, se pudrirá aquí durante cien años más.

Dos estudiantes más acceden a venir conmigo, pero hay uno que permanece: Chessa.

—Los riesgos son demasiado grandes, cuidadora Medge —dice—. ¿Cómo pasaremos el barco junto a los krasis?

—Observamos. Nos ocultamos. Y si todo sale mal, luchamos —dice Kaszira, moviendo su dedo índice en círculos, creando un remolino de burbujas. La magia fluye hacia ella en forma de unas brillantes espirales azules—. Conocemos los hechizos. Estamos dispuestos a usarlos. ¿No es nuestra vocación proteger a las criaturas que lo necesiten?

Los demás estudiantes aplauden a Kaszira, y la aleta de Chessa se colorea de vergüenza—. Por supuesto —dice, intentando ocultar su rostro—. Por supuesto.

Los estudiantes comienzan a trabajar, aligerando la carta del barco, vaciando la reserva de barriles. Miko y Kaszira van a quitar el tronco en la cubierta, pero el fantasma se interpone entre ellos—. Ese no —dice—. ¡Ese tronco contiene nuestros tomos sagrados, el Contrato Divino, tallado en seis tablas de granito blanco, portando diligentemente las pontificaciones del mismísimo Padrino Karlov! Éramos humildes, navegando los ríos de Rávnica para extender la buena palabra de Orzhova! Y por vergüenza, nuestro barco fue hundido por los imprudentes caprichos de piratas.

Miko suelta su extremo del tronco levantando una ceja—. De acuerdo… —dice, y luego me susurra—. Me gustaba más cuando solo gemía.

Entonces  Miko tiene la brillante idea de carroñar el saco bocal de la bestia anfibia, uno de los pocos restos del cadáver, y usarlo como un globo para llenar el casco con aire y hacerlo más flotante. Sella los pinchazos con brea de lubina, calza el saco dentro del bote y comienza a inflarlo. Pasamos casi hora y media soplando, pero el barco comienza a moverse en el lecho oceánico.

Kaszira y un par de estudiantes conjuran hechizos de ocultación, almacenándolos en conchas para que podamos utilizarnos en un instante durante nuestro viaje al Cenote Cinco. No es el cenote más cercano, pero he oído que permiten todo tipo de visitantes, así que con suerte no tendremos problemas en alcanzar la superficie allí.

Cinco estudiantes guían el barco, y coloco a mis mejores observadores en proa, como vigías de krasis. Cuando vemos a esas amenazantes sombras acercarse, nos dirigimos a la dirección opuesta. Los estudiantes trabajan muy bien juntos, y estoy embargado por una sensación de calma. Todos serán solicitados con una plaza en el Caparazón de los ganadores de mi corazón. Mientras las aguas se aclaran el cenote se abre a la vista, una brillante luz cilíndrica en la superficie, ondulando en la distancia. Los restos flotantes que pasan bajo el cenote atrapan la luz. Entonces me doy cuenta de que no son restos flotantes. Son personas. Y tan pronto la inmensa escala del cenote, comienza a hundirse, Miko grita:

—¡Krasis!

La oscuridad se extiende arriba como una gigantesca sombra. Parte tiburón, parte cangrejo; todo dientes y garras—. ¡Ocultaos! ¡Ocultaos! —digo—. Y unidos, recurrimos a la magia almacenada en las conchas y presionamos nuestras manos contra el casco del barco. El viejo naufragio desaparece en una ondulante bruma azul, como el agua. El krasis pasa sobre nosotros, a pocos centímetros. Miko casi alcanza a tocarlo. Casi, pero le lanzo una mirada tan fría como las profundidades.

Eso estuvo cerca.

El fantasma comienza a moverse nerviosamente cuando nos acercamos al cenote. Yo también estoy nerviosa. Solo he oído sobre ellos hasta ahora, y rechacé que cualquier cosa hecha por los de la superficie fuera tan bella como decían, pero lo es. Luminosos adornos verdes se alinean en las paredes de la sima, como si hubieran sido obligados a crecer de esa forma en lugar de colocados manualmente. La vida vegetal serpentea por la estructura, proporcionando apoyo y belleza natural. El laboratorio parece ser una mezcla de medio aéreo y acuático, y sobre todo eso, miles de personas caminan en una gigantesca escalera espiral.

—Esto no estaba cuando caí por el desagüe —dice el fantasma, observando a los Guardianes que montan guardia en la base del cenote. Un grupo de tres tritones nadan hacia los guardias ranas mutantes, entrega algo de dinero y tras una breve inspección se les permite pasar a través del cenote.

—Si explicamos tu situación estoy convencida de que nos permitirán un pasaje seguro.

—Regresemos —murmura el fantasma—. Encontraremos otro camino a la superficie.

—Tu naufragio ya ha perdido la mitad de las tablas del casco —dice Chessa—. No creo que aguante mucho más. Y no tenemos más hechizos de ocultación preparados.

—Chessa tiene razón —digo—. Deberíamos proceder a través del cenote. Ya nos hemos arriesgado demasiado para llegar aquí. Los guardias subirán a bordo, nos pedirán nuestros nombres y ocupaciones, nada más. No hay nada que temer.

—¡No podemos! —grita el fantasma. El baúl tiembla en la cubierta. Remolinos de magia naranja surgen de las grietas de cubierta, como la descarga de fumarolas de las profundidades. Las aguas se mueven contra el barco, y el casco cruje. Los suaves y andrajosos restos del fantasma se endurecen mientras absorbe toda esa magia, y contemplamos algo mucho más siniestro. Algo que definitivamente presenta una amenaza. Los estudiantes erizan su aletas en respuesta, listos para luchar.

—¿Quién eres realmente? —pregunta Miko—. ¿Y qué hay en ese baúl? —se dispone a abrirlo, y el fantasma tiembla de nuevo y se deshace de su semblante humilde. Atrás queda el harapiento hábito, y ahora se yergue vestido sobre capas y capas de opulentas vestiduras con varios collares que parecen hechos de erizos de mar planos y dorados. Su silueta brilla, confiriéndole un aura hostil. El agua azota a nuestro alrededor, girando como una marea. Miko agarra fuertemente al baúl, y no lo soltará.

La desgastada cubierta cede finalmente, y las aguas se vuelven un tornado, una tormenta dentro del mar. Miko se golpea la cabeza en los escombros y queda inconsciente. Doy un grito ahogado y suelto mi agarre al barco para nadar hacia él. No se ve apenas nada a través de la turbulencia: burbujas y restos por todos lados, pero nunca he perdido a un estudiante, y no voy a hacerlo ahora. Lo encuentro, lo coloco a mi lado y regreso.

Los contenidos del cofre vuelvan alrededor; no son tomos sagrados, sino algún tipo de tesoro. Bello y antiguo, cada pieza tiene la marca del Combinado Simic.

—Lo robaste —digo—. ¡Tu tripulación no estaba pontificando! ¡Estabais pirateando!

—Pudo haber regresado a la superficie hace décadas —dice Kaszira—. Pero era demasiado codicioso para dejar este tesoro atrás.

—O tal vez no se marchó por que no puede marcharse —dice Chessa, quitando los percebes del medallón. Un vórtices se forman ante ella, intentando alejarla de su abrazo. Se aferra fuertemente, entrecerrando los ojos ante la escritura—. Es algún tipo de sello contractual. Está atado al barco, así que él también.

Las aguas se calman—. Suelta eso, pescado —dice el fantasma con los ojos en llamas.

Chessa retrocede, y da un pisotón contra la cubierta, luego ella y Kaszira empujan hasta que toda la tabla a la que está anclado el medallón aparece—. Arrojaríamos esto por la boda, pero no mereces el honor de descansar en el lecho del océano —dice Chessa. No sé qué ha sucedido en su interior, pero se aleja nadando con el medallón hacia el krasis del que acabamos de escapar. El fantasma se mueve tras ella de un tirón, atado por una magia antigua aunque perdurable.

—¡Chessa! —grito—. Chessa—. Pero es muy fuerte. Tan rápida y valiente. Nunca seré capaz de alcanzarla.

—Déjala ir —susurra Miko, apenas consciente—. Necesita hacerlo.

Chessa alcanza al krasis, con afilados dientes brillando. Lo pone a prueba, pareciendo un aperitivo, pero cuando la bestia abre sus fauces, Chessa se agacha y arroja el medallón a su interior—. Veamos cuánto te gusta tu nuevo amo —dice al fantasma mientras la bestia chasquea sus mandíbulas y el medallón baja por su garganta.

La atención del krasis se dirige a la curiosidad que es el fantasma mientras Chessa huye. Los dientes rechinan a través de la aparición mientras desaparece dentro del krasis, atraído por el medallón.

El naufragio queda destrozado, pero la clase reúne artefactos simic en sus brazos. Nadamos hacia el cenote y explicamos a los guardias lo sucedido. Uno de los guardias muestra interés por una oscura pieza de metal iridiscente con una filigrana de conchas y garras. Llaman a su jefe. El mago elfo mira hacia abajo, y sus ojos se abren mientras lo toma cuidadosamente.

Su boca busca las palabras adecuadas antes de decir finalmente:

—Si no me equivoco, esta es la llave rúnica de Momir Vig. Robada hace casi un siglo. Hay una popular exposición sobre ello en el cenote. Venid. Os llevaré al conservador del museo, para que podáis contarle vuestro relato.

Salimos del agua en la base del cenote, tan ansiosos y curiosos que incluso el repentino peso del mundo de la superficie presionando nuestros huesos no nos enlentece. Después de subir varios tramos, deseo estar pasando más tiempo en las cavernas marinas, aclimatando mi cuerpo para respirar aire. Me siento mareada e intento considerar todas las invenciones creadas por los simic. Mi gente. Si veo los avances del mundo de los de la superficie, tal vez los comprenda un poco mejor.

Somos alimentados y se nos permite arreglarnos nuestras aletas en piscinas mientras el personal del museo se dispone a preparar las instalaciones. Finalmente, el conservador nos recibe y nos da una visita guiada por el museo. Muchas épocas de la historia simic se presentan ante nosotros.

Hay una sección entera dedicada a las búsquedas intelectuales de Momir Vig, y el conservador nos guía hacia la joya de la corona: el último citoplasto que Vig creó antes de su caída. Permanece en un pedestal, rodeado por tres guardias. La mancha amorfa ondula alegremente bajo las luces, en una espera eterna para conectarse a una pobre alma y manipular sus genes. Me estremezco, y entonces centro mi atención hacia la nueva pieza que será desvelada…nuestro descubrimiento…frente a una muchedumbre de visitantes.

—Hoy es un día muy importante para nosotros —dice el conservador—. Uno de nuestros tesoros perdidos ha regresado a nosotros, y es un honor para mí mostrarlo aquí, donde podrá ser observado durante siglos!—. Después de un largo monólogo, casi todo el mundo está mirando sobre el hombro de otro, intentando avistar la llave rúnica usada por Momir Vig. La han limpiado, y ahora refulge brillantemente. Incluso los guardias que vigilan el citoplasto han dirigido su atención para contemplar un evento tan monumental.

Me percato de que Kaszira ha dejado de prestar atención y se está fijando en las burbuja de cristal de la siguiente exposición: un laboratorio funcional con criaturas flotando en un espeso gel. Incluso a través del cristal distorsionado los veo crecer, cambiar, mutar. Una concha comienza a endurecerse sobre suave y joven carne.

—Si quieres someterte a la modificación genética —digo a Kaszira—. Entonces apelaré a tus padres para que comiencen tus tratamientos. Al terminar puedes volver a entrenar para el protectorado con Ptero. Tus padres se entristecerán si no te adhieres a sus ideas utópicas, pero si es designio de tu corazón deberías seguirlo.

Kaszira agita su cabeza—. No quiero una mutación. Y siempre he visto el valor de la vida utópica, pero no es sostenible…no con los krasis ahí fuera. Tal vez si estudiara aquí arriba, en los cenotes, podría averiguar cómo cambiar las tornas del conflicto. Tal vez podamos dar a los bentónidos resplandecientes una piel más fuerte o la habilidad de camuflarse. Podemos darle una oportunidad de sobrevivir. Podemos mantener nuestras tradiciones utópicas y equilibrarlas con las costumbres de los adaptacionistas.

Tiene mucho sentido. Su empatía no tendrá rival. Y por primera vez veo a Kaszira como ella misma, no como la sobrina de una oficial de alto rango, alguien que un día hará un gran chapoteo por sí misma—. Serás el orgullo del Combinado. Ya me has hecho sentirme orgullosa.

Estoy orgullosa de todos mis estudiantes: Chessa, Dimas, Laszlo, Saganderis, Fania, Zyanek y…¿Miko? ¿Dónde se ha metido?

Lo veo, con sus dedos a centímetros de tocar el ahora desprotegido citoplasto.

—¡Miko! ¡Détente inmediatamente! —. Aleja sus dedos y me mira, pero una de sus aletas se engancha al pedestal, y el citoplasto cae. La masa amorfa de células vivas se precipita sobre mí. Intento moverme, pero aquí fuera, en este pesado y opresivo aire, mis brazos me fallan y no tengo tiempo para hacerme a un lado. El citoplasto me golpea en el pecho. Momentos después siento una sustancia cenagosa incrustarse en mi piel, dentro de mí, buscando piezas para ser mutadas.

La presión aumenta. Siento ocho de mis aletas engrosándose y alargándose. Ventosas emergen de sus laterales, y sobe sus puntas, bulbosos montones de carne presionan y parpadean. Llega una luz a mi mente, acompañada por más imágenes de las que puedo procesar. Veo la habitación desde varios ángulos, viendo todo lo que me rodea. Aquellas cosas en las puntas de mis tentáculos son ojos.

Los guardias se aproximan, pero antes de que puedan prenderme mi clase reacciona a la amenaza, y me rodea en un formidable escudo de coraje y observación, y si esta es nuestra lucha, estamos listos para ello.

—Haceos a un lado —dice el guardia a mis estudiantes—. Esta tritón ha destruido un artefacto de valor incalculable.

—Y os he dado otra nueva—. Estamos en tablas. Déjanos pasar —exijo. O de lo contrario…

¿O de lo contrario qué? —pregunta el guardia, molesto por la amenaza.

Puedo decir que no estoy orgullosa de lo que sucedió después. Culpé a la confusión de mutar tan rápidamente, y del aire demasiado seco que confundía mis pensamientos. Le siguió una lucha, y tras una ronda de aletas y egos rotos, mi clase y yo fuimos arrojados al calabozo del cenote. Tal vez es bueno saber que nuestro Combinado no es tan frágil como para ser derrotado por un grupo de tritones preadolescentes y de su nueva profesora con tentáculos.

Finalmente, tras horas de silencio, la puerta del calabozo se abre, y entra nadando la portavoz utópica Zegana. En persona tiene un aspecto más regio del que habría imaginado.

—Kaszira, mi sobrina. He hablado con tus padres, y han expresado un desagrado extremo con tus acciones aquí.

—Lo siento, tita—. Kaszira se inclina hacia delante, con sus aletas retraídas en su espalda.

—Temo que un “lo siento” no va a arreglar el daño que has hecho —dice Zegana—. Tú y tus amigos regresaréis a territorio tritón inmediatamente y en virtud de este actos se os prohíben los cenotes.

Mi corazón arde. Kaszira no podrá seguir su educación aquí. No será capaz de cumplir su sueño.

No puedo permitirlo—. Si alguien va a ser excluido de los cenotes, insigne portavoz, por favor, deje que sea yo. He puesto a estos niños en peligro, pero su único deseo es servir al Combinado Simic de la mejor manera que conocen. Chessa ha superado sus miedos y demostrado un acto extremo de coraje. Miko ha probado sus habilidades de observación. Y Kaszira no solo ha mostrado empatía, sino que ha encontrado su vocación. Quiere estudiar en los cenotes y devolver su conocimiento a los océanos, donde podrá ayudar a fortalecernos a todos.

—¿Es eso cierto? —pregunta Zegana a Kaszira.

Kaszira asiente, ahora erguida y firme como la espina de un pez de roca—. Así es, tita. Más que nada en el mundo.

Zegana se vuelve y nos deja sin decir otra palabra. Varios minutos después somos conducidos fuera de la celda y del cenote, de vuelta al océano. Nunca pensé que estaría tan emocionada por ver el lecho marino de nuevo.

Durante el día de la demostración, las pinzas de cangrejo de Ptero tiemblan mientras ve a mi clase y su confianza rodeándoles como un aura. Estoy bastante segura de que cada uno de ellos se asegurará una plaza en el protectorado, excepto dos. Miko…porque, bueno, es Miko, pero ha llegado más allá de mis expectativas, y con gusto lo tendré repitiendo conmigo el año que viene. Kaszira tampoco consigue una plaza. Ni siquiera apreció en la demostración, de hecho. Pero mientras mis estudiantes toman sus puestos en el perlado centro de la pista que es el Caparazón de los ganadores, la veo entre el público…vestida con túnicas de biomante simic. Lo ha conseguido. Va a ir a los cenotes a estudiar.

Doy un suspiro de alivio.

—Gracias por darme el empujón que necesitaba —digo a Ptero mientras pasa a mi lado. Casi la mitad de su nidada ha conseguido plaza. No tan bueno como él esperaba, pero la competición ha sido la mejor que he visto en años.

—No necesito que te burles de mí —gruñe, contemplando mis tentáculos con una envidia palpable.

Sé que estaba en contra de las adaptaciones, pero esta me viene de perlas. Puedo verlo todo a mi alrededor. No hay forma de que se me escape un estudiante ahora.

—No me estoy burlando de ti. He evitado las ideas adaptacionistas. Tú has hecho lo propio con las utópicas. Ambos abrazamos los extremos cuando deberíamos tomarnos un tiempo para aprender uno del otro, y encontrar un punto intermedio.

Me mira, sorprendido por no haber aprovechado la oportunidad para avergonzarle como él me ha hecho tantas veces—. Tal vez el año que viene podamos hacer equipo . Cuidar nuestras nidadas juntos. Nos aseguraremos de enviar a los mejores y más brillantes para que sean los protectores de nuestros océanos.

El año que viene. Me gusta cómo suena, y siento que va a ser la mejor nidada de la historia.

Ya a la venta cartas sueltas y sellado de La Lealtad de Ravnica

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