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Concluimos aquí con el quinto y último relato de La Lealtad de Rávnica. Os animo a buscar por el blog o pasaros por Foromagic para leer las demás traducciones de estas historias ravnicanas (las de GRN las podéis encontrar recopiladas por Falsísimo en El Rincón). Sin más dilación:

 

Mente serena, pasos serenos.

Asciendo por la escalinata hacia la biblioteca de las Leyes Antiguas. Prácticamente he memorizado la ruta; ciento doce pasos a lo largo del paseo de la Verdad, doscientos doce pasos hasta el Pabellón de Justicia, ochenta y siete pasos por los estoicos Salones de la Razón. Y ahora, estoy solo a treinta y tres pasos a la izquierda, por las nieblas de las Cataratas de Justicia. Las gotas de agua mojan mis vestiduras mientras las cataratas de quince pisos de alto se convierten en vapor justo antes de alcanzar el suelo del complejo de la Columna Jelenn. Si mirara hacia abajo vería cientos de burócratas azorios y miembros legislativos caminando por el atrio en filas ordenadas, pero no me atrevo a hacerlo. Eso sería una manera segura de perder el equilibrio, y sin barandillas a las que agarrarme si me tambaleo…

Mente serena, pasos serenos. Mente serena, pasos serenos.

El vasto arco de la biblioteca jurídica finalmente me saluda, y exhalo el más suave suspiro de alivio al estar en suelo firme. Me envuelve inmediatamente el aroma de polvorientos libros de derecho, tesoros de orden y justicia encuadernados en cuero. La mayoría de magos de la ley de mi grupo hacen sus investigaciones en la biblioteca de runas, pero con historias que se remontan tanto como el mismo Rávnica es prudente estudiar los orígenes de por qué se crearon nuestras leyes. Aquí puedo ver el primer manuscrito del Pacto entre Gremios; preservado bajo tres pulgadas de cristal tratado con magia y  escrito por el mismísimo Azor. Si miras lo suficientemente cerca incluso puedes ver un fino pelo azul de su melena en la quinta página. El manuscrito original había sido infestado por unos agujeros legales lo suficientemente grandes para que pudiera pasar una sierpe, pero poco a poco y metódicamente Azor los había hecho desaparecer, con notas rojas a los márgenes del color de la sangre vieja. En mi propia búsqueda para encontrar la perfección a través de la ley, he llegado a apreciar este proceso de escarbar en el pasado para encontrar puntos débiles y así poder enfrentarnos al más ordenado de los futuros.

—Tráeme estos —susurro al homúnculo que se encarga de la biblioteca. Le doy una lista de los textos con los que trabajaré hoy. Mientras se marcha alzo la vista, observando por encima de las cabinas de escritorio buscando a Tagan. No estaba en sus aposentos cuando lo comprobé, y mi impaciencia era demasiado frágil para esperar a que regresara. La inaccesibilidad de la biblioteca de las Antiguas Leyes la convierte en un lugar favorito entre esfinges, así que es probable que la encuentre aquí. Finalmente miro el atigrado pelaje marrón y azul de mi mentora y la veo entrar subrepticiamente en la cabina adyacente.

El homúnculo deja los libros sobre mi escritorio junto a un sello de traducción para lidiar con términos anticuados. Me hace gestos por si quiero el servicio de pasapáginas, pero lo despacho y me dirijo a la sección donde lo dejé en mi última visita. Es difícil concentrarse con Tagan tan cerca, sabiendo que ella sabe cómo fue recibida mi última runa de ley por el Senado. El agujero legal que cerré fue uno grande, y la nueva ley que escribí consistió en tres páginas de las más juiciosas y enrevesadas disposiciones legales, incluyendo quince dobles negaciones, doce triples negaciones, siete notas a pie de página y veintiocho aclaraciones, todo reunido en una sola y perfecta sentencia.

Aplaco mis nervios y mis deseos de buscar respuestas en Tagan, y me dirijo a un viejo mapa del Distrito Décimo mientras espero a que mi mentora note mi presencia. Paso mi dedo a lo largo del Paseo transgremial percatándome de la diferencia que han hecho quinientos años. Muchos de los barrios dibujados en el mapa han caído en manos de los gruul. El Cuartel Fantasmal era tres veces más grande de lo que es ahora. El Cenote Siete no era más que un modesto lago. Y más arriba hay un enclave azorio completamente funcional; antaño una próspera comunidad que ahora son ruinas, gracias a una extensión de tierra de trece manzanas dirigida por químicos ízzet clandestinos llamados los Thinktank.

La Falacia Jurisdiccional del Thinktank era el problema favorito que se le daba a los magos de la ley de primer año. Nadie en mi grupo lo había resuelto, y nadie lo ha hecho en todos estos años. Cuatro gremios han expresado su derecho sobre el área Thinktank:

  • Primero, los golgari, debido a que la “tierra” de los Thinktant se asienta actualmente sobre una balsa de basura que llega hasta el río. Mientras la basura se extienda, así hace el territorio Thinktank. Aunque una vez fue una pequeña parcela de tierra con pocas docenas de residentes, ahora alberga a dos mil habitantes. Este dique de basura ha tenido ramificaciones tanto aguas arriba como abajo que los golgari desesperadamente quieren poner remedio.
  • Segundo, los simic. El río alimenta directamente al Cenote Siete y sería la vía acuática perfecta si se les garantizara el derecho de paso. Y retiraran toda la basura.
  • Tercero, los azorios, ya que técnicamente se encuentra adyacente a nuestro territorio. Los barrios que rodean al Thinktank son los que más han sufrido por su presencia debido al elevado número de peligrosos y sancionables experimentos cuyos perniciosos efectos suelen extenderse más allá de las fronteras de Thinktank.
  • Y finalmente, los ízzet argumentan que el mismo Thinktank está construido con calderas de mízzium robadas de la Fundición de Mízzium. La Liga renunció toda afiliación con los químicos clandestinos, alegando que su irresponsabilidad e ingenio caótico le estaba dando mala fama al gremio…lo que ya es decir algo.

Es un ejercicio inútil. Nunca habrá un acuerdo sobre quién tiene la jurisdicción correcta. La última vez que alguien intentó reclamar su derecho casi se inicia una guerra. Actualmente es una tierra sin gobierno ni ley e inservible gracias a innumerables agujeros legales.

Paso la página y, como si quisiera fastidiarme, el borde del papel me provoca un corte; uno de los muchos peligros de ser un mago de la ley—. ¡Por el inmaculado nombre de Azor! —maldigo, a unos dos niveles por encima de un susurro. Prácticamente callando a los demás sonidos de la biblioteca.

—¿Reza? —dice la voz de Tagan desde su cabina. Levanta su cabeza y coloca sus zarpas sobre el divisor para mirarme—. La paz y el orden sean contigo —susurra saludando.

—Serenas nuevas para ti —digo, y luego damos paso al silencio para poner en orden nuestros pensamientos. Las reglas de etiqueta dictan que durante una reunión no concertada dentro de una institución de enseñanza entre magos de la ley de rangos dispares, el inferior debería ser el primero en iniciar la conversación tras los saludos, pero por la forma en que se mueve la cola de Tagan, puedo decir que está impaciente por concederme buenas nuevas, así que difiero con una inclinación de cabeza.

—El Senado ha regido nuestra runa de ley concerniente a la clausura del agujero legal de identidad.

—¿Y? —pregunto, con mi corazón palpitando tan fuerte en mi pecho que creo que el homúnculo vendrá a pedir silencio.

—Lo adoran. Tan intrincado. Tan completo. El Maestro Baan dijo que era la ley más brillante que había visto este mes. Está siendo enviada a los escribas celestiales mientras hablamos.

—¿Dijo esas palabras? ¿Esas palabras exactas? —puedo sentir mis mejillas sonrojándose, y el azul de mi piel tornándose púrpura con humilde honra.

—No me atrevería a parafrasear al Maestro Baan sin cumplir antes los requisitos.

Una oleada de náuseas me asalta. Esta es mi primera ley en ser escrita en los cielos sobre Nueva Prahv. Fue mi pesquisa más complicada, y de la que estoy más orgulloso. Supe que había encontrado un vacío legal que captaría atención, pero ¿escritura celeste? ¿Tan rápido? Dentro de poco vendrán adulaciones de mi grupo. Gracias a todas las horas que me dediqué a escribir esa ley las calles se volverán más ordenadas. Los ciudadanos se sentirán más seguros caminando por las calles de Rávnica, incluso de noche. La perfección está un paso más cerca.

—Has captado la atención de Baan—. Salta sobre el tabique y aterriza en completo silencio. Luego lanza un hechizo de privacidad sobre nosotros. Si no fuera su discípulo ni siquiera habría sabido que lanzó el hechizo; un leve agitar de su zarpa anterior derecha—. Ahora es el momento de continuar con algo aún más impresionante. ¿En qué estás trabajando?

Había dado tanto de mí mismo con la última ley escrita que no había tenido tiempo para pensar sobre qué iba a hacer luego—. Bueno —digo, intentando buscar ideas—. Siempre está la Falacia Jurisdiccional del Thinktank…

Arquea su lomo, aburrida—. Los acertijos de primer año no van a impresionar a Baan. ¿Qué más?

Le digo algunas ideas, pero ya he perdido su atención. Está más interesada en el sello de traducción del borde de mi escritorio. Lo empuja con su zarpa hasta que se desliza por el borde. Lo atrapo antes de que alcance el suelo. Mantengo el sello en mi puño. Si vuelvo a colocarlo, volverá a empujarlo, pero ese pensamiento me da una idea sobre delincuentes reincidentes.

—Encontré un posible agujero legal cuando estaba investigando la semana pasada…una cláusula que relaciona la extensión media de condenas penitenciarias con las tasas de reincidencia. Teóricamente podríamos terminar teniendo sentencias con término negativo que bajarían las tasas lo suficiente. Seguiría con ello pronto, pero referencian a una antigua ley azoria, la 394-H, y necesitaría tener a alguien buscando los correspondientes pergaminos de los Archivos Históricos para confirmarlo.

Tagan muestra interés—. Es fácil que los agujeros legales teóricos provoquen una oleada de sensacionalismo. Podemos tener al populacho contento sobre cómo advertimos un desastre cercano con el sistema penitenciario, y sería fácil justificar nuestros salarios. Aunque les llevará días a los bibliotecarios aprobar la trasferencia interbiblioteca. Deberías visitar los Archivos Históricos por ti mismo, mientras tu runa aún sea nueva en el cielo.

Observa mi duda. No es la reacción que estaba esperando.

—No me digas que nunca has estado fuera de Nueva Prahv

—¡Por supuesto que sí! —hace varios años. Ocho, para ser exactos, pero algunas veces me enfrasco tanto en las presiones del orden que olvido que Rávnica es más que un mundo teórico en el que promulgo leyes.

Los Archivos Históricos no están lejos. Y será espectacular ver los enormes gólems de archivo que frecuentan aquellas pilas de libros hace tiempo abandonadas. Discutir sobre historia de la ley andante. Pero entonces los números me vienen a la cabeza: dos leyes en el cielo en la misma semana. Veinte minutos montando un grifo. Doscientos pies de altura. Volar sobre las cabezas de miles y miles de ravnicanos.

Mente serena. Mente serena.

No necesito entrar en pánico. Todo saldrá bien.


La oficial para solicitudes de vuelo toma mis papeles, verifica mi runa de identidad y me escolta hasta el establo de grifos localizado en uno de los domos más altos de Nueva Prahv. Siete bahías abiertas se dirigen hacia la ciudad, funcionando como un aeródromo para arcontes, esfinges y los tópteros de vigilancia azules y plateados que salen y entran aleteando silenciosamente a las de luz rúnica.

—Hay bastante caos ahí fuera —me dice la oficial de solicitudes cuando me detengo, asombrado por la vasta ciudad de abajo—. ¿Esta es tu primera vez volando?

Asiento.

—Lo harás bien. Es un deber solemne que debemos mantener, pero es uno digno de nuestro tiempo y esfuerzos.

Ante la mención del deber mis piernas dejan de temblar, y soy capaz de subirme al grifo. Estoy inestable al principio, pero la oficial me asegura que esta bestia lo hace bien con jinetes novatos. Me armo de confianza y equilibrio mientras me aseguro de que mis zurrones están perfectamente alineados, conteniendo las necesarias referencias a textos que Tagan me prestó de su biblioteca personal. Ahora estoy listo para ir a los Archivos y hacerme un nombre en este gremio. Segundos más tardes estoy saliendo de la bahía hacia el cielo. El grifo cae en picado, luego vira a la izquierda y sube. Atraviesa una de las nuevas runas de ley sobre el Salón de Gremio. Hay tantas que es imposible evitarlas todas. Echo un vistazo a los alrededores buscando la mía y tiemblo cuando la veo.

Ley azoria 4355-J

Fallo en presentar identificación correcta…

 Y entonces las runas se dispersan y Rávnica aparece a la vista, dejándome sin aliento. La ciudad se extienda tan lejos como puedo ver, un mosaico de color y estilos, edificios que oscilan de gigantescos a pequeños con todos los demás tamaños en medio. Pero por muy diversas que sean sus gentes, todas están unidas por las mismas leyes bajo el mismo cielo. Sí, el Senado Azorio no tiene muchos amigos entre los otros gremios, pero no es nuestro deber cultivar amistades. En lugar de ello debemos concentrarnos en preservar el orden para evitar que la ciudad caiga víctima del caos.

Diez minutos volando y me bloquea un enjambre de tópteros que vuelan como una nube. El grifo maniobra a su alrededor, pero un relámpago de púrpura electricidad se alza desde la tierra y corta el cielo, golpeando al tóptero más cercano. Otro tóptero cae, y mi grifo se asusta. Se desvía a izquierda y derecha inclinándose hacia atrás. Intento compensar para equilibrarlo, pero mis esfuerzos ponen las cosas aún peor, y pierdo mi agarre.

Y entonces estoy cayendo.

Frenético e impulsado por puro instinto alcanzo uno de los tópteros mientras caigo a su lado, agarrándolo por un lateral. Ralentiza algo mi caída, pero no lo suficiente. Lucha contra mi peso, y un ala imbuida mágicamente sale disparada, luego la otra, hasta que ambos caemos.

Pero en lugar de pavimento que interrumpa mi descenso, mi aterrizaje es  amortiguado; oh, sigue doliendo como mil demonios, y mi mente martillea, pero estoy vivo. El primer pensamiento que tengo es que mis vestiduras están manchadas. El segundo pensamiento es que están manchadas con mi sangre. Aquellas dos pequeñas noticias empequeñecen cando me doy cuenta de en qué he aterrizado. Un montón de basura. Un montón gigante de basura.

Siento el terror colectivo de todos mis ancestros vedalken gritando al unísono. Tendré a mis bañistas fregando mi piel desnuda. Incineraré estas vestiduras y hare que sus cenizas caigan al más profundo de los cenotes. Pero estoy bastante seguro de que nunca seré capaz de limpiar este recuerdo de mi mente.

—¡Ayuda! —grito, pero es como un susurro en una biblioteca—. ¡Ayuda! —lo intento de nuevo, y la palabra sale de mi garganta como si se estuviera arrastrando.

—Estás bien —suena una profunda y tranquilizadora voz. Miro hacia arriba y veo un rostro enorme —una rala barba pelirroja y descomunales lentes de bronce; humano, aunque si me dijera que tiene a algún gigante en su árbol genealógico me lo creería—. Una gran caída la que has sufrido. Tienes suerte de seguir vivo—. Ofrece una mano cubierta de grasa. Al menos espero que sea grasa. La agarro reacio.

—No siento que sea mucha suerte —digo, quitándome un resto de cieno gelatinoso de mi mejilla.

—Ah, tienes razón. Parece que tenemos a un genio loco por aquí que ha estado disparando a tópteros en el cielo. ¿No hirió a nada, verdad?

—Sospecho que solo a mi orgullo. ¿Dónde estoy?

—En Thinktank —dice el tipo—. Soy Hendrik. Mis amigos me llaman Hennie. O Big Hen. O B.H. O Benny Dos Relojes, debido a un incidente con un confundido buscarráfagas con el sintonizador defectuoso. Detuvo mi corazón —golpea su pecho—. Pero el Viejo Doc me puso uno nuevo. ¡Marca mejor el tiempo que un reloj del laboratorio de Continuismo!

—Yo soy Reza —digo lentamente, sin estar seguro de si este tipo está  dando vueltas o es solo una conmoción cerebral—. Mis asociados me llaman Reza—. Miro más allá de la pila de basura. ¿Esto es Thinktank? Tuberías chapadas en mízzium suben y bajan por las calles como un laberinto interminable de intestinos. Están bastante desgastados, y hay capas sobre capas de parches de metal en cada edificio. Docenas de válvulas de presión liberan vapor y otros gases más nocivos a las calles, cubriendo el barrio con una horrible neblina amarilla. No puedo entender por qué ningún gremio lucharía por esto.

—Está bien, Reeze. ¿Por qué no vienes a mi casa? Te podrás limpiar y volver al cielo en nada.

—Es Reza. Y sin ofender, pero creo que sería más prudente si regreso a Nueva Prahv inmediatamente, ya que no tengo idea de tus intenciones hacia mí.

—Como quieras —dice Hendrik, y luego desciende por la pila de basura—. Aunque deberías tener cuidado con las sierpes de compost.

Doy un brinco—. ¿Sierpes de compost?

—No hay servicio de basura aquí, así que buscamos una manera de tenerlo.

Bajo corriendo la colina de basura, y luego examino mis ensuciadas vestiduras. No puedo regresar a Nueva Prahv de esta guisa. Si mis asociados se enteran de que me he contaminado de esta forma nunca volveré a recuperar su respeto—. ¿Me puedes garantizar que tus intenciones son virtuosas? —pregunto a Hendrik, mascando la desesperación en mi voz de maneras formales—. No consentiré ser el sujeto de cualquier tipo de experimento loco.

—Prometo que ningún infortunio caerá sobre ti.

Parece un hombre honorable, y tengo pocas opciones, así que lo sigo a su casa.


Por alguna razón pensé que el diseño de tuberías de Thinktank era solo una fachada mal concebida, y que los apartamentos de Hendrik albergarían habitaciones y comedores adecuados y con todas las comodidades. Pero dentro es aún peor. Conductos de bronce y válvulas en cada espacio concebible, creando peligros por tropiezo e incendios a dondequiera que miro. Su hogar está tan envuelto en vapor que está arrugando mi ropa. Comienzo a sudar profusamente, y Hendrik se escabulle por un vaporoso rincón.

—¿B.H? ¿Eres tú? —dice una voz más allá del ruido del metal y de engranajes desgastados.

—¡Yo y un invitado! —grita Hendrik—. Parece que están lloviendo hombres. Ese maniaco con el generador de bolas de relámpagos está disparando a tópteros en el cielo otra vez—. Me golpea en las costillas—.Reezey fue su última víctima.

—Reza —lo corrijo de nuevo mientras el humano camina, tan ligero y grácil que podría ser vedalken si no fuera por el color de su piel y el grueso montón de rizos en su cabeza.

—B.H ya te ha puesto un mote. Eso significa que estás en problemas. Le gustas—. Él sonríe—. Soy Janin. Evito que los engranajes se caigan en este pequeño tugurio. Maestro Químico, si eres del tipo que gusta de títulos respetables.

—Déjalo limpio y dale de comer, ¿eh, Luni? —dice Hendrik a Janin mientras se coloca un maletín de herramientas sobre su hombro—. Conseguiré que vuelva a casa.

—¿Luni? —pregunto a Janin cuando Hendrik se ha ido.

—Dice que mis ojos brillan como las lunas —dice Janin encogiéndose de hombros—. Nadie me dijo que B.H es un poco…excéntrico. Incluso para un químico atolondrado con algo de tendencias suicidas. Así que Reza…¿acaso es por Rezajaelis?

Lo observo, asombrado porque sepa eso, y porque lo ha pronunciado sin esfuerzo—. Sí…¿cómo…

—Fui criado por vedalken. Mis padres biológicos murieron en una explosión de laboratorios a unas pocas manzanas de aquí. Ma y Pa se sintieron en parte responsables por los bobinas candentes defectuosos.

—Lo siento —digo, aunque en el fondo no puedo hacer nada salvo pensar que si solo hubieran tenido la vigilancia suficiente tal vez el accidente no hubiera ocurrido.

—Así son las cosas en Thinktank. Si tus inventos dañan a alguien, haces lo que esté en tu mano para arreglar la situación. Me acogieron sin dudarlo. No podemos contar con nadie más, así que tenemos que  confiar los unos en los otros—. Señala un hueco entre tuberías de cobre—. Déjame enseñarte el baño.

Aprieto mis dientes y lo sigo, esperando que la bañera no me deje más sucio de lo que ya estoy. Pero cuando Janin abre la puerta, me espera un pequeño oasis. La porcelana brilla. Me trae un paño, toalla, y un frasco de aceites desintoxicantes vedalken—. Iba a regalarle esto a Ma para celebrar sus ritos de purificación pero creo que tú lo necesitas más.

Debo parecer confundido por mi rostro, porque me muestra su sonrisa de nuevo—. Olvido que eres de Nueva Prahv. Probablemente estés acostumbrado a tus propios bañistas personales y todo eso, ¿verdad? Esto te servirá como punto de partida—. Acciona un tirador de bronce y el agua comienza a brotar. Luego abre el frasco y deja que unas gotas caigan a la bañera. Una ligera niebla azul surge sobre la superficie del agua—. Puedes dejar tu ropa detrás de la puerta. Puedo hacer que esas manchas desaparezcan.

Prácticamente desaparee, cerrando la puerta de un golpe. Los aceites desintoxicantes son potentes, casi tóxicos, especialmente para humanos y otros con sentidos menos refinados. Pero para los vedalken el olor astringente es casi divino.

Meto el frasco en mi zurrón y coloco mi ropa fuera. Janin no se equivocaba con los bañistas. Sin embargo no pretendo dar lo mejor de mí en esta excursión, así que dejo mi piel lo más limpia que puedo, y me sumerjo bajo el agua, pasando varios minutos entre profundos pensamientos.

Cuando salgo el aire golpea mi rostro, y descanso por un momento, dejando que mi cuerpo se reaclimate a respirar por los pulmones.

Janin aún está frotando las manchas cuando me reúno con él en lo que parece el salón. Levanta las vestiduras, y el tejido está casi prístino. La mayoría de humanos se pararían ahora diciendo que está limpio, pero Janin regresa al trabajo hasta que no queda signo de imperfección.

—Tus padres te criaron bien—. Ríe, y mientras charlamos sobre nuestras costumbres vedalken favoritas el tiempo pasa volando. Pero cuando la luz del exterior comienza a cambiar, así lo hace la actitud de Janin.

—B.H debería estar aquí ya. Está oscureciendo—. La forma en la que dijo “oscureciendo” sonó como algo definitivamente indeseable—. Deberíamos echar un vistazo al taller. Está obsesionado con ese sitio.

Así que nos aventuramos un par de calles, donde la maquinación que es Thinktank duplica su tamaño y complejidad. El mízzium es tan denso aquí que casi puedo sentirlo en mis dientes. Entramos por una gran escotilla de bronce, y dentro hay cientos de chapuceros mostrando sus inventos. Un enjambre de hadas trinquete pasa frente a nosotros, cada una como un brillante relámpago. Chispas vuelan en todas direcciones. Elementales cautivos nos miran desde una colección de orbes de cristal. Se forma una multitud alrededor de una mujer que dice ser capaz de conjurar fisuras a partir de magia eléctrica contaminada. Me detengo y observo, dejando a un lado las infracciones de seguridad. Ha infringido veintiocho leyes en tres minutos. La observo. Electricidad púrpura se reúne en la campana de contención de cristal de su invento y luego arde una varilla. Un zumbido gorjeante llena mis oídos, y estoy seguro de que una pequeña fisura se abre frente a ella, tan oscura que daña mis ojos.

—Va a herir a alguien con eso —digo a Janin.

Se encoge de hombros y dice:

—Probablemente.

—Pero no deberíamos…

—No deberíamos. Vamos. Mantente cerca—. Pero la muchedumbre es densa. Demasiado. Comienzo a sentirme mareado y necesito calmarme. Me dirijo hacia la salida y Janin me llama desde atrás, pero necesito el silencio tanto como el aire.

Mente serena, pasos serenos.

Las calles son mejores, más amplias y abiertas, y soy capaz de respirar de nuevo. Una larga y esbelta sombra se cierne a mi lado. Creo que Janin me ha encontrado, pero cuando vuelvo la vista veo a un vedalken. Se acerca, e intento sonreír a pesar de los nervios, pero entonces me embiste. Tira de una correa de uno de mis zurrones. Se suelta, y entonces sale corriendo con mis preciosas referencias de textos. No puedo imaginar lo decepcionada que estará Tagan si regreso a Nueva Prahv sin ellas, así que lo persigo, recorriendo casi toda la longitud de Thinktankt antes de perderlo en una maraña de tuberías de bronce. Exhausto, me tomo un momento para recuperar el aliento, y luego me percato de que necesitaré ayuda para recuperar esos libros. Lentamente, con paso firme, escalo la tubería, adentrándome en territorio no disputado, donde la ley azoria es indiscutible.

Tres arrestadores se me aproximan, y doy un suspiro de alivio cuando los veo. Por sus ceños arrugados, sospecho que no están tan felices de verme.

—Alto —me dice uno de los arrestadores —¿Cuál es su propósito aquí?

¿Mi propósito? —Disculpe…les estaba buscando para…

—¿Cuál es su nombre? ¿Vive por los alrededores? —continúan las preguntas, y estoy sorprendido por su brusquedad. Los arrestadores que me he encontrado en Nueva Prahv son amables.

—Tenemos informes de un ladrón que ha estado causando estragos por aquí —dice, y finalmente pienso que estamos llegando a un sitio, pero entonces dice:

—Concuerda con la descripción. Alto. Azul. Calvo.

—¿Como cualquier vedalken? ¡Podría ser cualquiera!

—Fue visto por última vez con un zurrón…justo como ese. Déjenos echar un vistazo, ¿de acuerdo? ¿Qué contiene?

—¡Mi propiedad personal! —sé que hay leyes que me protegen, pero todo ese conocimiento cae en saco roto cuando un sentimiento de vulnerabilidad me asalta. Lucho contra esos sentimientos, calmando mi lógica y mis nervios—. Soy Rezajaelis Agnaus, magoley en Nueva Prahv, y tuve un accidente con mi grifo y el extremo infortunio de acabar en el Thinktank donde me robó algún maleante, y ahora intento recuperar mi propiedad legal  para así poder regresar a casa. Espero su ayuda, pero no han hecho nada más que acosarme desde el momento que me vieron. Ahora, díganme sus nombres, para que pueda pasárselos a mis superiores tan pronto regrese al complejo del a Columna Jelenn.

El lenguaje corporal de los arrestadores cambia inmediatamente. Me miran, y uno de ellos comienza a hablar, pero entonces un sangriento grito llega de la calle. Dos de los arrestadores se marchan, y queda solo una—. Lamentamos haberle molestado. Si solo presentara su runa de identidad acabaríamos con esto y sería libre de marcharse.

—¡Libre de marcharme! —digo metiendo mis manos en el zurrón en busca de mi identificación —¿No van a ayudarme a encontrar quién hizo esto?

—Si pasó en el Thinktank, temo que no tenemos jurisdicción allí.

Gruño mientras continúo hurgando en mi zurrón mi runa de identidad, pero poco a poco me doy cuenta de que la puse en el otro zurrón. Miro a la arrestadora.

—¿Algún problema? —pregunta, cambiando a una postura ofensiva.

—No. Ningún problema —murmuro. Esa nueva ley que puse en el cielo llega a mis pensamientos. Fallo en presentar identificación correcta resultarán en la detención por una cantidad indefinida de tiempo; tanto como le tome a algún saturado funcionario público determinar si soy quien digo ser…en otras palabras, estaré sentado en una prisión azoria durante mucho, mucho tiempo. No puedo dejar que una arrestadora empañe mi reputación en Nueva Prahv. Sería como dejar que todo en lo que he trabajado tan duramente cayera por el desagüe.

Mi mano toca el frasco de aceites desintoxicantes que Janin me había regalado. Lo saco del zurrón y lo lanzo a los pies de la arrestadora. El cristal se rompe, y un olor cáustico llena el aire. La arrestadora comienza a toser y resollar, y me pongo a correr. La arrestadora llama a sus compañeros y los tres me persiguen, con los ojos enrojecidos por el aceite, y moqueándoles la nariz como si fueran grifos rotos. Eso los enlentece, pero no mucho. En cada calle busco rincones y recovecos que me devuelvan a la relativa seguridad del Thinktank, intentando ignorar el hecho de que he puesto las cosas un millón de veces peor. No hay escapatoria. Tendría que volver a escalar, y no podría hacerlo lo suficientemente rápido.

Estoy arrinconado, atrapado al final de un callejón. Me vuelvo, observando a mis perseguidores mientras se acercan. Se detienen cuando una inquietante luz azul aparece a través del vapor. Se quedan con la boca abierta.

Vuelvo la vista y también lo veo, un inmanejable cachivache volador que parece unido con una combinación de unas pocas tuberías y una gran cantidad de pura voluntad. Hendrik asoma su cabeza—. Vamos, Reezemeister —dice, señalando la popa del vehículo con su pulgar. Janin me alarga una mano. Entonces me doy cuenta de algo familiar; el vehículo consiste en pulcro metal blanco intercalado con domos de cristal azul. Me fijo más detalladamente y veo que docenas de emblemas del Senado Azorio limados. La magia rúnica ha sido manipulada y ahora brilla púrpura, pero la verdad es innegable. Mi honorable salvador no es tan honorable después de todo.

—¡Eres tú! —digo a Hendrik—. ¡Tú eres el “genio loco” que ha estado disparando a los tópteros! ¡Casi muero por tu culpa!

—Sí, siento de veras eso. No la parte de los tópteros, sino la parte donde caíste del cielo. Ahora entra antes de que esos olfateadores de reglas nos lancen algunos hechizos.

—¡Esto es propiedad hurtada! —grito. No puedo. No puedo. Miro a los arrestadores, que me miran fijamente. Las infracciones se agolpan en mi mente:

Ley azoria 2795-V, No obedecer a los arrestadores…

Ley azoria 3343-J, Desplazarse en un vehículo robado…

Ley azoria…

—Estás a tres segundos de que esos olfateadores de reglas nos pillen —advierte Hendrik.

Mi instinto de supervivencia salta de repente. Agarro la mano de Janin y salto para salvar mi vida. Hendrik alza el vuelo sobre las cabezas de los arrestadores, y pronto no son nada más que puntos bajo nosotros—. ¿Hacia dónde vamos? —pregunta Hendrik—. ¿De vuelta a Nueva Prahv? No puedo llevarte hasta allí directamente, pero sí puedo dejarte bastante cerca.

Ignoro su pregunta, estoy demasiado agitado para lidiar con eso ahora—. ¿Por qué alguien quiere vivir así? Quebrar las leyes. ¿Disparar tópteros?

¿Las leyes de quién? ¿Y los tópteros de quién? —pregunta Hendrik

Comprendo tu negativa a confiar en los azorios —digo, recordando el semblante depredador en los ojos de esos arrestadores—. Pero, ¿no estaría el Thinktank mejor si permitierais la vigilancia? Podríamos hacer las calles más seguras, establecer servicios para que no tengáis que confiar en sierpes comehombres para eliminar vuestros desechos. Y serías capaz de solicitar a la Liga Ízzet financiación para tu taller.

Hendrik sacude su cabeza—. Vivimos por nuestra cuenta. Siempre ha sido así. Puede que no sea perfecto, pero es nuestro hogar.

—Al menos prométeme que no dispararás a más tópteros.

—Claro, si puedes hacer que los azorios dejen de enviarlos para que no espíen.

El interior del vehículo-tóptero se silencia con una incómoda tensión, pero pronto se rompe con un profundo ruido que hace traquetear los tornillos en este vertedero  volador. El sonido sube de tono y luego destella un relámpago, coloreando el cielo de brillante púrpura. Miro hacia abajo y veo una enorme fisura palpitando, más negra que el color negro. Chisporrotea, y luz azul-blanca se arremolina junto a la abertura, justo donde el taller de Thinktank solía estar—. ¡Hendrik! El Thinktank está bajo asedio por algún…tipo de elemental eléctrico—. Más relámpagos salen de la fisura mientras el elemental empieza a tomar una forma definida, dejando de parecer un montón de electricidad y más una bestia monstruosa; brazos, garras, dientes. Se dirige a un edificio, pero su toque es tan caliente que funde todo a su paso. La electricidad estática satura el aire. Si tuviera algún pelo en mi cuerpo estaría de punta justo ahora.

Arcontes azorios están en alerta y se dirigen hacia el Thinktank, deteniéndose antes de atacar. Tendrán que esperar hasta que el elemental haya cruzado la frontera antes de acabar con él, pero puede que todo el Thinktank acabe destruido antes de que suceda.

—Por favor, dime que tenemos una invención lo suficientemente poderosa para  defendernos de eso —digo a Hendrik.

—Lo tenemos. Un convertidor de matriz de manifestación con un enlace cascada dual optimizado…

—¡Oh, gracias a la infinita visión de Azor!

—Pero… —continúa Hendrik. Los pero nunca son Buenos en este tipo de situaciones—. Está ahí abajo, cubierto bajo tres metros de mízzium fundido.

Los ciudadanos del Thinktank están haciendo lo que pueden para defenderse, pero es una batalla perdida. La ayuda está justo aquí…si no fuera por la Falacia Jurisdiccional del Thinktank, cientos de vidas podrían salvarse. Pero si el problema era imposible de resolver en un silencioso santuario del complejo de la Columna Jelenn con todo tipo de recursos que pudiera querer a mi alcance, ¿cómo podría esperar resolverlo ahora, en compañía de estas gentes sin ley, en condiciones de emergencia, con apenas cuarenta y cinco segundos antes de que el elemental nos detecte y nos barra del cielo?

Me siento y comienzo a conjurar. Sé que tengo algo que no tienen otros magos de ley. He visto el Thinktank. He hablado con sus residentes. Y ahora, con este elemental provocando disturbios, puedo solicitar una ley de emergencia para hacer una declaración. Puede que no tenga la autoridad para resolver la disputa sobre la jurisdicción; esa parte de la falacia es irresoluble; pero si le otorgo soberanía al Thinktank, convirtiéndola en su propia pequeña ciudad, tendrían la autoridad para contratar otras entidades, concretamente el creciente ejército azorio listo para atacar.

—¿Te gustaría ser el Gran Árbitro del Thinktankt? —digo a Hendrik.

Abre su boca, pero no hay tiempo para responder, así que continúo—. Todos los ciudadanos del Thinktank a favor de declarar a Hendrik…¿cuál es tu apellido?

—Azmerak.

—…declarar a Hendrik Azmerak como Gran Árbitro pro tem, que levanten sus manos—. Empujo a Janin, y su mano se alza.

—¿Alguien en contra?

Sigo conjurando mientras hablo, formando la runa de ley que espero salve el día. Explico mi ley a Hendrik y Janin. No es eficiente con solo siete sentencias. No es enrevesada. No hay dobles negaciones, notas a pie de página o extensas aclaraciones. No es perfecta, pero es perfectamente clara. En lugar de intentar resolver el problema de cinco adversarios disputándose una porción de tierra, tendremos cinco vecinos, ayudando a proteger los intereses de unos y otros.

Con el mandato prerrogativo de emergencia, y por unanimidad de votos, por la presente declaro a Hendrik Azmerak Gran Árbitro pro tem del Enclave Thinktank. Como líder de tu gente, ¿tengo tu permiso para ejecutar la siguiente ley?

Mira la runa de ley, tomándose su tiempo. Es maravilloso que haya sido tan exhaustivo, el signo de un líder competente, pero solo tenemos segundos para actuar.

—¡Sí! —dice finalmente Hendrik, y entonces libero la runa, y sale disparada hacia el cielo, brillando más que cualquier otra. Tal vez me he pasado con la magia, pero no podía arriesgarme a no ser visto ni leído. La petición de ayuda actúa inmediatamente, y arcontes y caballeros atraviesan las fronteras, dirigiendo sus espadas y cetros hacia el elemental. Los relámpagos de electricidad desaparecen ante sus ataques, pero segundos más tardes se regeneran, siendo más gruesos y brillantes. El elemental chilla, luego golpea a tres arcontes en el cielo. Pero por fin han llegado los refuerzos, dos docenas de magoanulas montados en grifos. Trabajan juntos para lanzar un domo azul de magia sobre el elemental, y en un esfuerzo coordinado lo apresan, poco a poco, hasta que sucumbe.

La estática desaparece lentamente del aire, así como la tensión entre Hendrik, Janin y yo. No hay un escrito formal que nos una, pero la conexión entre nosotros es más profunda que la que tengo con mis conocidos.

—Lo hiciste bien, Reza —dice Hendrik, dándome una palmada en la espalda.

—Gracias B.H —digo, intentando evitar el mote. No, no, no. No me siento bien diciéndolo; mi paladar está tan áspero como si hubiera comido arena, pero eso no significa que sienta a Hendrik como menos que un amigo para mí.


—¿Estás seguro de que quieres seguir con esto? —pregunta mi mentora, mirando el borrador de mi propuesta de ley: cincuenta y siete páginas de concesiones, sanciones y derechos de acceso. Resolví la Falacia. Esta vez de verdad. Me llevó ocho meses de negociaciones entre el Enclave Thinktank y los gremios, pero está hecho—. No tiene precedente. Es temerario. Y estoy segura de que el Maestro Baan no estará contento.

—Es lo que es correcto y justo. El Thinktank se merece más que un escrito temporal. No sería justo ofrecerles ese sabor a libertad solo para quitárselo.

Puede que el Thinktank fuera solo un estorbo en los márgenes del territorio azorio, pero cuando se cambiaron las tornas la gente comenzó a prestar atención cuando un elemental eléctrico de veinticuatro metros de alto amenazó con consumir varias manzanas de la ciudad. Espero que Tagan me amoneste o reprenda sobre el hecho de que poner esta ley frente al Senado arruinará mi carrera, pero su cola solo oscila de un lado a otro. De un lado a otro.

—No creo que pueda seguir siendo tu mentora —dice Tagan finalmente.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto, ansioso por hacer lo que sea necesario para permanecer bajo su supervisión. Alegaré mi caso—. Tienes que creerme. Sé que puedo marcar la diferencia. He estado demasiado concentrado enterrándome en las leyes del pasado, pero ahora estoy aprendiendo cómo llegar a los ciudadanos para poder crear nuevas leyes que sean relevantes a las necesidades actuales de Rávnica. ¡No puedes abandonarme!

Sonríe—. No te estoy abandonado. No puedo ser tu mentora porque creo que es hora de que te conviertas tú mismo en uno. Creo en ti, pero lo que quieres va a ser difícil vendérselo a personas como Baan. Pero si puedes comenzar a cambiar las mentes de aquellos que vengan después de nosotros puede que tengamos a más personas de nuestro lado. Y, ¿quién sabe?

Me deja con mis pensamientos, permitiendo que el silencio se asiente. Hacer que cuatro gremios y un enclave lleguen a un acuerdo sobre una pequeña porción de tierra fue una cantidad enorme de trabajo, pero palidece en comparación con el mayor problema que afecta a Rávnica. Pero con la justicia de nuestro lado, la verdadera justicia…¿quién sabe? Tal vez uno de los magos de ley que asesore será el autor del siguiente Pacto entre Gremios.

Ya a la venta cartas sueltas y sellado de La Lealtad de Ravnica

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